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lunes, 6 de mayo de 2013

El club de los idiotas muertos



Puede que en el cine, un thriller de asesinos en serie pueda funcionar sin que los personajes nos importen lo más mínimo. Si nos hacen pasar una hora y media entretenidos y el final es mínimamente sorprendente, pueden dejarnos un buen sabor de boca. Pero está claro que la televisión es un medio completamente distinto, y que para que una historia funcione, se encuadre bajo el género que sea, debe tener unos personajes que generen cierto interés o con los que al menos podamos simpatizar. Repasando este párrafo, The Following falla no solo por la ausencia de personajes potentes, sino también porque su final de temporada no ha sido para nada sorprendente.

Diría que llegar hasta este punto ha sido una agonía, pero mentiría. Si he perdido quince horas de mi vida viendo cómo Ryan Hardy perseguía a Joe Carroll de la manera más torpe posible es porque me reía mucho. Los agentes del FBI, capitaneados por el personaje interpretado por Kevin Bacon, corren por el bosque como pollos sin cabeza, incapaces de cumplir una sola de las misiones de esta primera temporada sin varias bajas de agentes y civiles. Una panda de inútiles como pocas se han visto en televisión. Y cuando el único recurso que tiene una serie para alargar las tramas es la estupidez de los personajes, malo. Si de vez en cuando The Following nos regalara un comentario autoconsciente hasta la respetaría, pero está claro que semejante retraso mental por parte de los personajes (de un bando u otro) es fruto únicamente de la sequía creativa.

Los guionistas no han sabido hacer avanzar las tramas más allá de la persecución que proponían en el piloto, y por el camino tampoco nos han contado nada interesante. El trío de psicópatas que se formó al principio de la serie prometía, y si los guionistas hubieran querido podrían haber dado para mucho más, pero por supuesto Kevin Williamson no ha sabido darse cuenta de que los discípulos superaban al maestro y la irrelevancia que al final han tenido éstos en el cómputo global, funcionando como meras comparsas de Carroll (un James Purefoy cuyo único recurso interpretativo es sonreír mucho mientras dice cosas siniestras) lo deja muy claro.

The Following es una serie mala que ha tenido un final a su altura, solo que bastante más aburrido de lo normal. Todo muy intenso, todo muy fallido. Si a lo largo de los episodios no hemos podido conectar con ningún personaje (y mucho menos dentro del FBI), difícilmente puede importarnos lo que les pase. El cliffhanger con el que pretenden dejarnos expectantes hasta enero, por cierto, se ve venir desde el 'previously on', y la forma en que se desarrolla es muy risible. Aunque sinceramente me ha servido para recordar las cotas de mamarrachismo que esta serie ha alcanzado a lo largo de su temporada de presentación. Todavía no tengo muy claro si volveré en 2014 en busca de más humor involuntario o aprovecharé este final de temporada para darle carpetazo, pero lo cierto es que algo tan esperpéntico como The Following va a ser difícil de olvidar.

Por cierto, la cara de perdonavidas de Kevin Bacon revela que el actor está convencido de que le caerá una nominación en los próximos Emmy. Espero que si ocurre sea a mejor actor de comedia, porque de otra manera estos premios perderán toda su credibilidad.

domingo, 5 de mayo de 2013

Los dramas del espía



The Americans, el estreno de esta midseason del canal FX, es un producto sin pretensiones. Pese a ambientarse en los últimos años de la Guerra Fría y ponerse del lado de los rusos del KGB (algo que es innovador en este contexto pero sigue la tónica habitual de la ficción estadounidense de humanizar al “villano”), centra sus tramas en la relación de Elizabeth y Philip. Ellos son dos espías en terreno americano que se han visto obligados a fingir un matrimonio y hasta a tener hijos, pero que tras veinte años de convivencia aún no confían el uno en el otro, y los intentos que a lo largo de esta primera temporada han hecho para estar juntos como una pareja normal se han visto frustrados por las circunstancias.

Dejando a un lado de momento la trama de espionaje, casi podríamos definir The Americans como el clásico drama romántico en el que la relación de los protagonistas tiene que superar diversos obstáculos, pero en la serie todo es bastante más complejo. La de Philip y Elizabeth es una relación con muchas capas, y cada vez que una desaparece se encuentran en la siguiente con heridas abiertas del pasado que hacen que la perspectiva de un final feliz para ellos se antoje imposible –y más aún cuando todos sabemos cómo acaba la Guerra Fría–. El trabajo de Keri Russell (Felicity) y Matthew Rhys (Cinco Hermanos) es encomiable en este sentido, pues encarnan a la perfección los recelos e inseguridades de sus personajes (y además llevan esa cantidad de pelucas absurdas con mucha dignidad).

Pero la trama de The Americans arranca cuando Stan (Noah Emmerich), un agente del FBI de contraiteligencia se muda a la casa de al lado. Es una casualidad bastante patillera, y es graciosa sobre todo porque éste les cuenta cuál es su trabajo con todo lujo de detalles a los treinta segundos de conocerse. Probablemente sea éste el mayor defecto que se le puede achacar a la serie creada por Joseph Weisberg: hay que suspender la incredulidad muy a menudo (algo que, por otro lado, es lo habitual en los productos de espías).

Stan podría ser una némesis plana que simplemente ejerciera de amenaza para los protagonistas, pero lo cierto es que el gran trabajo de Emmerich con su personaje hace que sea imposible. Sus problemas familiares y matrimoniales, así como las encrucijadas en las que le pone Nina –la agente doble con la que trabaja– hacen que sea un personaje interesante por sí solo. No se puede decir lo mismo de Claudia, la inmediata superior de Philip y Elizabeth interpretada por la gran Margo Martindale. A pesar de que la actriz ya ha demostrado más de una vez que puede con lo que le echen, su personaje es un mero apoyo de los protagonistas del que no sabemos prácticamente nada. Eso sí, los careos entre Martindale y Russell son puro fuego.

Y es que, pese a que muchos han acusado a la serie de falta de tensión, a lo largo de estos trece episodios sí han tenido varios momentos de sentarse en el borde del sofá. El final de temporada, sin ir más lejos, es una angustia constante, y lo mismo puede decirse de más de un secuestro en el que los protagonistas se han visto envueltos en esta primera temporada. Sin embargo, es hasta cierto punto normal que The Americans no sea todo lo tensa que cabría esperar, ya que en un principio pensábamos que sería un thriller pero ha resultado ser principalmente un drama. Y uno muy bueno. Entre los personajes de los que hace gala (me he olvidado de mencionar a los hijos del matrimonio y a la odiosa Martha*), lo que cuenta de la sociedad de los 80 y el retrato tan poco maniqueo que hace de ambos bandos en la Guerra Fría, no es de extrañar que sea con diferencia el mejor estreno de la temporada.
* Se pueden entender las motivaciones de Martha como personaje, pero el hecho de que sea un estorbo en el matrimonio Jennings y que actúe a menudo como una histérica y una obsesiva hacen que sea inaguantable.

sábado, 4 de mayo de 2013

La puerta a un verano eterno



No hablo mucho de The Good Wife en este blog, o al menos no tanto como se merece. Las razones son simples: todos los espectadores de esta joya creada por el matrimonio King están de acuerdo en que su calidad es altísima, y si en un principio éramos pocos los que evangelizábamos las bondades de Alicia Florrick, ahora son muchas más las voces que hacen ruido. Con “What's In the Box?” se cierra una cuarta temporada excelente, en la que el fanservice ha estado a la orden del día. Los creadores, conscientes de lo que disfrutamos con las pequeñas píldoras de humor que de vez en cuando nos regala la serie, han multiplicado la dosis, y no es raro acabar riéndose más con The Good Wife que con muchas sitcoms.

Y, si bien la trama que protagonizó Kalinda en la primera mitad de la temporada no me chirrió tanto como a los críticos americanos (se agradece que nos muestren el lado más vulnerable de un personaje que hasta ahora era prácticamente un misterio), no estoy de acuerdo en que el cuarto año haya sido redondo. Esta temporada, más que nunca, se han notado los mecanismos que hacen funcionar el universo de Alicia Florrick como un reloj. No es motivo de crucifixión, pero en ciertos momentos –no ha sido algo constante, afortunadamente– The Good Wife se ha vuelto más brusca de lo habitual.

Esto se notó por ejemplo en el episodio que tuvo como invitada a Christina Ricci. La trama daba mucho pie al humor, pero los guionistas se excedieron y el tono recordaba más bien al de un capítulo de Ally McBeal. Sin embargo, he seguido disfrutando como un niño con otros personajes recurrentes peculiares: Carrie Preston y su Elsbeth Tascioni, Michael J. Fox como Louis Canning y las macabras apariciones de Dylan Baker dando vida a Colin Sweeney han convertido automáticamente los episodios en los que aparecían en inolvidables. A la que no vemos tanto (por desgracia, ya que es una favorita personal) es a Nancy Crozier, interpretada por Mamie Gummer –la hijísima de Meryl Streep–. El efecto que su personaje provoca en Alicia es divertidísimo y sólo se pasea por Lockhart/Gardner una vez al año.

Además, cualquier tropiezo leve que se pudiera atisbar en otoño ha sido solventado con una segunda mitad de temporada fabulosa. Cary (Matt Czuchry) estuvo muy tapado en los primeros episodios, y casi parecía un extra, pero los King tenían un plan. En la recta final de la temporada su personaje ha sido el motor de una de las tramas más interesantes y la que más juego puede dar a partir de septiembre. También hay que ver cómo le afectará a Diane su nueva situación, pero ojalá que este sea por fin el año de Christine Baranski en los Emmy. Sinceramente, me da un poco de miedo el punto en el que los personajes se han quedado este año, pero tengo muchas ganas de ver cómo van a estructurar los episodios en la próxima temporada. Al fin y al cabo, hasta ahora The Good Wife no me ha decepcionado.

P.D.: En esta entrada iba a hablar también de los finales de Parks and Recreation y The Americans (nos hemos despedido de las tres mejores series en emisión la misma semana), pero me he extendido demasiado hablando de The Good Wife. Espero poder comentar algo de las otras dos, especialmente de la serie de FX, a lo largo de la semana.

martes, 23 de abril de 2013

Lo opuesto al idealismo

Veep está destinada a ser una de esas series a las que nadie hace caso. El año pasado sufrió la condena de estrenarse una semana después de Girls, y para entonces el público incondicional de HBO ya estaba obsesionado con la visión de Manhattan de Lena Dunham. No ayudó que The Thick of It, la serie británica creada también por Armando Iannucci, tuviera más mala leche de lo que se pudo ver en el piloto de Veep. Los fans del autor pensaron que la comedia de HBO era una versión norteamericana rebajada de su producto anterior y decidieron que no merecía la pena invertir más tiempo en lo que parecía más bien un instrumento de Julia Louis-Dreyfus para ganar premios. Nada más lejos de la realidad.

Yo odié el piloto de Veep, no os voy a mentir. También odié el segundo episodio en su mayor parte, aunque ya hubo un par de momentos que me hicieron reír. A partir del tercero la cosa fue rodando y en apenas un día me había visto los ocho episodios de los que se compone la primera temporada. En su momento se la comparó con Parks and Recreation, pero lo cierto es que no se parecen en absoluto: Parks es un oasis televisivo en el que todos los personajes son muy fáciles de querer, y Veep, por el contrario, tiene como personaje central a Selina Meyer, que es egoísta y a ratos no parece tener muchas luces.

Con Veep, HBO se ha metido de lleno en la crítica política. Sería interesante ver qué opina Aaron Sorkin (al que ahora tienen en nómina y que creó El Ala Oeste) de una serie que no se corta un pelo a la hora de ridiculizar el sistema político de los Estados Unidos sin fijar su objetivo en un partido político concreto (ejem, ejem). Y es que Selina Meyer, la vicepresidenta de EEUU y, como diría Shonda Rimes, la “sublíder del mundo libre”, representa todo lo que un político no debería ser. Es hipócrita hasta decir basta, basa su carrera política en la lucha por el poder y le interesa tan poco el bien de los ciudadanos de su país como los problemas personales de sus empleados. Lo único que de verdad quiere Selina es ocupar la silla del Despacho Oval.

Por eso, el humor de Veep se basa en sus meteduras de pata. No son torpezas que puedan sacarle los colores como le ocurre a Leslie Knope en Parks and Recreation, sino momentos en los que se sale del guión que marcan sus discursos y muestra su auténtica personalidad a la opinión pública. Cuando deja de ser la figura que le ordena su partido, se convierte en alguien que nadie en su sano juicio querría tomando decisiones en la cúpula de gobierno de su país.

Aunque, siendo francos, decisiones tampoco toma muchas. La vicepresidenta es un cero a la izquierda y uno de los gags recurrentes de la serie es la pregunta que a diario formula a su secretaria: “Sue, ¿ha llamado el presidente?”. La respuesta siempre es negativa. Selina es una perdedora, como bien expresa el opening de Veep, que ni siquiera tiene claro cuáles son sus funciones. Y ahí radica el valor de esta comedia que todos ignoran pese a llevar el sello HBO: en apenas veinticinco minutos, y disfrazando su mensaje de absurdidad, despliega un cinismo y una crítica afilada a la política estadounidense que ahora mismo no podemos ver en ninguna otra serie.

lunes, 15 de abril de 2013

La reconstrucción de Greendale

Desde que se marchó Dan Harmon (bueno, desde que la NBC lo echó por la puerta de atrás), todas las miradas han estado puestas en la cuarta temporada de Community. Los nuevos responsables se encontraron con un muerto (literalmente, pues estos trece episodios existen sólo para abaratar costes y la renovación se antoja casi imposible) muy difícil de cargar. Harmon, que debe tomar sustancias muy fuertes desde primera hora de la mañana, había creado un estilo inimitable simplemente por lo impredecible que era, pero haber hecho una sitcom corriente utilizando los personajes que éste había dejado tras de sí suponía prácticamente un suicidio.

Sin embargo, no se puede negar que los encargados de continuar con la serie han hecho su trabajo. Se palpa que conocen a los personajes y también queda claro que recuerdan cada uno de los giros con los que la serie sorprendía cada semana. No han faltado los episodios locos de Halloween, las referencias pop, los meta comentarios y los falsos documentales. Todo para demostrar que podían hacer lo mismo que el showrunner que les precedía pero sin que nada fuese realmente sorprendente.

Personalmente, soy partidario de que “la nueva Community” (que parece la manera oficial de denominarla aunque no pasó en su día con El ala oeste o Las chicas Gilmore) puede ser buena si busca un estilo propio, por el simple hecho de que los guionistas son capaces de hacer que cada nueva dirección en el comportamiento de los personajes sea refrescante y no deje de resultar coherente con ellos mismos (la relación de Jeff con su padre o los primeros pasos de Abed dentro de una relación sentimental son ejemplos de lo que digo). No echo tanto de menos el punto de locura que caracterizó su anterior etapa si me ofrecen un producto entrañable que conserva el fondo aunque no las formas.

Y en mi opinión es algo que hasta ahora han conseguido bastante bien. Para empezar, se dieron cuenta muy pronto de que Troy y Britta no funcionaban y su relación ha pasado a un tercer plano: sabemos que están juntos pero no tenemos que verlo. Además, la mayoría de los comentarios y comportamientos de éstos son completamente lógicos. Que el decano tenga una marioneta hecha a imagen y semejanza de cada uno de los miembros del grupo es algo muy propio de él, y que Britta se tome cualquier chorrada tan en serio que acabe desquiciándose más de lo mismo.

De hecho, me atrevería a decir que la nueva Community tiene más corazón que la anterior. Han ahondado mucho más en la relación del grupo y han afianzado también los vínculos entre varios personajes (Annie y Shirley, Britta y Jeff, Troy y Abed). Envuelta en la demencia que la caracterizaba, Community no tenía tiempo de pararse a analizar por qué los miembros del grupo de estudio se querían tanto, sino que más bien era algo que se daba por hecho y teníamos que aceptar porque sí. Ahora, aunque ningún episodio alcance la brillantez de Pillows and Blankets o Remedial Chaos Theory, todo parece más orgánico. Y ese es un mérito que hay que reconocerles.

viernes, 12 de abril de 2013

La "tragedia" del McKinley

El género en el que se circunscribe Glee (comedia musical) es relativo. Ya lo ha demostrado más de una vez al tratar temas como el bullying, la anorexia o el suicidio adolescente. Unos con más acierto que otros, y siempre permitiéndose a sí misma hacer comentarios sarcásticos burlándose de las tragedias de los personajes, pero todos estos temas han hecho que la serie haya navegado por derroteros más dramáticos. Choca y desconcierta, pues se supone que Glee debe ser un guilty pleasure que durante cuarenta minutos nos entretenga con tramas locas y desenfadadas y covers de clásicos de la música y hits del momento, pero es comprensible porque desde el primer momento ha tratado de transmitir un mensaje positivo de integración que en última instancia sea educativo para los adolescentes que la ven.

Como entretenimiento ligero, esta temporada lo está haciendo muy bien. Como ya comente hace no mucho, este año se están currando los números musicales y armando coreografías que son francamente divertidas. Además, hace un par de semanas Jane Lynch demostró que los one liners de Sue siguen en plena forma y no sin cierta vergüenza admito que, al contrario que otras temporadas en las que me echaba las manos a la cabeza por lo malo que era lo que estaba viendo, este año me lo estoy pasando muy bien todas las semanas.

Spoilers de aquí en adelante.

Sin embargo, en el episodio que se emitió anoche en Estados Unidos (4.18 – Shooting Star), la serie se atrevió con un tema que desgraciadamente no deja nunca de estar de actualidad por esos lares: los tiroteos en institutos. Estoy seguro de que, como showrunner de la única serie de instituto que ahora mismo tiene cierta audiencia, Ryan Murphy se sentía obligado a hablar del tema y a aportar su punto de vista. Y el problema no es que introduzcan una trama como esta en la serie, algo más que respetable si transmiten ese nivel de angustia –lo consiguen y yo soy el primer sorprendido– y además enseñan a los espectadores cómo actuar en un caso como este –si obviamos el hecho de que los chicos son igual de silenciosos que una estampida de elefantes–, el problema es la repercusión que acaba teniendo.

Y el caso es que ninguna. Ningún personaje muere, cuando nadie habría echado de menos, por ejemplo, a Unique (lo siento, tenía que decirlo). De hecho, no mueren tan siquiera extras porque el disparo venía de Becky, la chica con síndrome de Down que es también la “protegida” de Sue Sylvester. Es decir, que la tensión generada viene de una amenaza que no era tal, y como espectador me siento casi estafado al final. Sue, decidida a proteger a Becky (algo que, sorprendentemente al hablar de Glee es muy coherente con el personaje) confiesa que la pistola es suya y la había disparado por error. El hecho de que un profesor tenga una pistola implica su despido automático, y en el caso de la jefa de las animadoras no iba a ser menos. Por lo visto, Jane Lynch abandona Glee, pues su salida no parece reversible. ¿Era la trama del tiroteo una excusa para darle una salida al personaje por todo lo alto? Aunque el resultado haya sido un pelín chusco se agradece que Sue se vaya como un personaje al que echaremos de menos y que no la hayan sacado de la serie con una trama ridícula.

Por supuesto, Shooting Star hace gala de otros muchos de los defectos de Glee: tramas que vienen de la nada (la entrenadora y su cuelgue por Will), comportamientos estúpidos (que todos empiecen a cantar canciones de despedida porque Brittany ha anunciado que un meteorito va a impactar en la tierra cuando en realidad nadie la cree) y desaprovechamiento de oportunidades (la “chica” con la que chatea Ryder tenía toda la pinta de ser un pedófilo pero todo apunta a que se tratará de uno de sus compañeros). En resumen, que es una trama innecesaria, que no es en ningún caso un game changer (sino más bien un evento para atraer audiencia) y que no causará ninguna secuela a los protagonistas, puesto que todo se ha resuelto sin víctimas y dentro de dos episodios (o tratándose de Glee, en uno) estará completamente olvidado.

martes, 9 de abril de 2013

La insoportable levedad de Draper

Spoilers del arranque de la sexta temporada.

Si hace un año me hubieran dicho que iba a tener tantas ganas de que volviera Mad Men me habría reído mucho. Con lo que me cuesta adentrarme en las series lentas, la de Matthew Weiner me daba una pereza tremenda, pero este verano, tras pasar de la segunda temporada, empecé a apreciar los matices de cada uno de los personajes y comencé a enamorarme de la mayoría. La excepción, sin embargo, es Don Draper.

Mad Men, aunque desde el año pasado haya introducido el miedo a la muerte como tema central, siempre ha intentado contarnos que en los sesenta todo el mundo aparentaba ser feliz pero nadie lo era, y lo que me gusta de la idea es que no es exclusiva de la época, sino más bien universal. Sin embargo, esta infelicidad es mucho más fácil de entender cuando hablamos de las mujeres (ya sea en el ámbito laboral como Peggy y Joan, o viéndose relegadas a comparsas de sus maridos como Betty, Trudy y Megan). También se puede entender lo desgraciado que es Pete Campbell, que viene arrastrando muchas frustraciones y la vida no deja de golpearle, o el miedo a la vejez y la muerte de Roger Sterling, que es a Mad Men lo que la condesa viuda de Grantham a Downton Abbey.

Pero Don, que es un hombre blanco de clase alta, empresario de éxito, guapo, inteligente y con el mundo a sus pies, también es infeliz. Supongo que Weiner nos quiere contar que todo esto no llena ciertas carencias y que arañar la felicidad no es tan fácil, pero no puedo evitar que me moleste dado el comportamiento del protagonista, sobre todo después de descubrir en el arranque de esta sexta temporada que ya ha empezado a ponerle los cuernos a Megan sin importar lo independiente y al mismo tiempo buena esposa que pareciera el año pasado.

En el fondo me gusta que Megan se haya convertido en otra muñeca rota de Don Draper, como le ocurrió a Betty, porque puede que así la gente empiece a entender un poco mejor a la primera esposa de Don, a la que muchos trataron de arpía por su comportamiento en la tercera temporada (que en mi opinión era poco más que una reacción a la acción de Draper). Megan parece conforme en su posición de “mujer de”, y la escena de las fotos deja claro que tener trabajo no la ha protegido de que Don la convenza de que su única misión en la vida es girar a su alrededor.

Lo que también me gustó del episodio fue que Betty tuviera bastantes minutos en pantalla. El año pasado su presencia se limitó por el embarazo de January Jones y muchos afirmaron a la ligera que su personaje no tenía importancia en Mad Men, cuando a mí ella y Pete me parecen los más interesantes. La trama de Roger Sterling, por su lado, demuestra una voluntad de ahondar un poco más en el personaje y sacarlo de los one liners a los que lleva dedicándose exclusivamente en las últimas temporadas. Aun así, faltaron Pete y Joan, dos piedras angulares de la serie. Estoy seguro de que su mayor presencia habría aligerado el episodio doble con el que arranca la temporada, que se hizo un poco pesado.

En cuanto al recurso de que Don no hable durante los ocho primeros minutos, demuestra una vez más el enfoque de semidiós que le da la serie, y además no funciona porque en muchos casos su silencio queda forzadísimo y no le hace parecer tan profundo como él mismo (y Weiner) cree.

martes, 19 de marzo de 2013

Unos apuntes sobre 'Girls'


No quiero analizar Girls demasiado a fondo porque estoy seguro de que hay muchos temas de fondo que se me han escapado, pero sí hay varias cosas de las que he querido hablar a lo largo de la temporada y he ido posponiendo hasta el final. A continuación, unos apuntes (menos breves de lo que quería) sobre la segunda temporada sin spoilers.

- Espero que los que llevan toda la segunda temporada de Girls quejándose de que Lena Dunham se exhiba desnuda de manera gratuita y en ocasiones casi forzada en todos los episodios sean conscientes de que tienen buena parte de la culpa. A lo largo de la primera temporada, aunque Dunham no tuvo reparos en ningún momento a la hora de enseñarnos cualquier parte de su cuerpo, no lo hizo de manera abusiva ni excesiva como sí ha pasado este año, y aun así se la criticó por ello, pues por lo visto al no estar buena no tenía derecho a enseñar las tetas en la HBO. Obviamente, es una de las críticas más estúpidas que se le pueden hacer a su serie (de la que yo me declaro muy fan ya de entrada), y consciente de ello se propuso que la viéramos sin ropa de todas las maneras posibles, como una especie de broma interna que sirviera de puñetazo en la cara a aquellos que expresaron en voz alta que sus kilos de más les hacían daño a la vista. La escena que ejemplifica esto de manera más clara es la que abre el episodio 2x07, Video Games, en la que a Hannah le entra un apretón y tiene que mear junto a las vías del tren. Es una escena innecesaria (aunque muy graciosa), que no tiene nada que ver con el resto del episodio y cuya única función es decirnos que si no queremos verle el culo dejemos de ver su serie, pero que no le exijamos que se tape porque no tenemos derecho.

- Además, su personaje ha despertado este año un odio casi generalizado que se ha resaltado como una crítica negativa a la serie. Y sí, Hannah es caprichosa, indecisa, egoísta, narcisista y ególatra, pero si algo me gusta sobre todo de Girls es que no pretende que la queramos (ni a ella ni a ningún otro personaje) a pesar de sus defectos, sino simplemente que entendamos que nosotros también somos así en mayor o menor medida. En este sentido Girls es mucho más respetable que por ejemplo Mad Men, donde Don Draper es una figura casi celestial a la que debemos admirar pese a su actitud y su comportamiento despreciable. Obviamente, que un personaje sea odioso (o que todos lo sean) no reduce la calidad de una serie; si acaso es un motivo muy razonable para no aguantarla o dejar de verla (algo que hoy en día no se lleva).

- Personalmente, el aspecto que más me interesaba de esta temporada era la relación entre Marnie y Hannah y el desgaste que venía sufriendo. Sin embargo, en el último episodio de la temporada apenas le dan importancia a este aspecto (le dedican una escena que, sí, es muy buena, pero que no me sacia), y lo más triste es que parece que a los propios personajes les parece algo secundario. También me gustó el camino que parecía que Adam estaba tomando en los últimos capítulos, algo que han eliminado de un plumazo en el final de temporada en favor del “final feliz”. En resumen, que esta temporada ha tenido episodios indiviuales brillantes (One man's trash y Video Games especialmente), ha abierto tramas que apuntaban maneras y ha sido muy deprimente (en el buen sentido de la palabra, pues con pocas series alcanzo tal nivel de empatía), pero ha cortado por lo sano con un final que tiene un tono muy distinto y que se antoja ligeramente forzado. Ah, y pese a que muchos dicen que ha dejado de lado la comedia definitivamente, a mí me ha sacado al menos una carcajada en cada episodio de este año.

- Shoshanna como personaje principal NO funciona. Su personalidad es tan límite (estaba concebida desde un primer momento como secundaria) que cuando pasa a un primer plano y sus tramas adquieren un tono más dramático me resulta cargante.

- Girls es una de las pocas series actuales en las que los únicos impulsos que mueven a los personajes son los sentimientos. En otras juegan un papel importante la ambición y el poder, pero las situaciones de Girls son tan comunes que es muy fácil sentirse identificado y no es raro que al hablar de ella acabemos diciendo también mucho de nosotros mismos. Asegurar que comprendemos perfectamente a personajes tan imperfectos y patéticos da hasta un poco de vergüenza. Pero, como he dicho ya alguna vez, quien no haya sido nunca tan egoísta como ellos que tire la primera piedra.

El final de temporada, por cierto, se me pasó volando (en mi cabeza duró cinco minutos). Estos diez meses de espera se van a hacer insoportables.

jueves, 14 de marzo de 2013

¡Qué fácil soy!

Soy un espectador fácil, y cada vez me doy más cuenta de ello. Por si la cantidad de series que sigo a la semana no fuese ya una prueba matemática de esto, últimamente ciertos detalles en las series que sigo me han hecho darme cuenta de que da igual lo previsibles, forzadas o facilonas que puedan llegar a ser de vez en cuando, que disfruto como un enano cuando lo son.


(Spoilers hasta el 2x09) En los últimos episodios emitidos de Girls, el personaje de Hannah no atraviesa por un buen momento. Se encuentra completamente sola y, además, ha aflorado en ella un trastorno obsesivo compulsivo que muchos han tachado de innecesario. Probablemente lo sea, y había métodos más sutiles para mostrarnos su sentimiento de abandono, pero funciona, igual que funcionó esa llamada telefónica que intercambiaron ella y Marnie. Y es que Girls lleva varias semanas doliendo de lo cercana que es (y todo esto sin dejar de ser una comedia).


Muchos no lo entenderán, pero estoy poniéndome al día con Elementary y pasándomelo realmente bien con ella. La adaptación (muy) libre de las novelas de Conan Doyle puede haberse subido al carro del éxito de Sherlock, pero no tiene nada que ver con ésta y las comparaciones se hacen cansinas. Elementary es una nueva Castle, aunque bastante mejor. Los casos no están mal, y me gusta lo cuidada que está la fotografía, pero si por algo sigo con ella es por la relación entre Sherlock y Joan. Jonny Lee Miller y Lucy Liu están geniales en sus papeles y, aunque ya sabemos el camino que tarde o temprano recorrerán, los pequeños momentos que comparten en los episodios ya hacen que el resto merezca la pena.


Tres cuartos de lo mismo me pasa con The Americans, aunque esta está varios peldaños por encima. En mi opinión, el mejor estreno de lo que llevamos de temporada. Puede que las tramas no sean todo lo tensas que podrían (aunque el sexto episodio mejoró mucho en ese aspecto y esperemos que sigan por ahí), pero la trama familiar está francamente bien, y Matthew Rhys y Keri Russell también. La relación de desconfianza doméstica y diaria de este falso matrimonio de espías encubiertos está dejando grandes momentos, pese a que muchos sean de manual.


Matthew Perry está insoportable en Go On a ratos, en eso estamos de acuerdo, pero la serie de este grupo de autoayuda es tan entrañable que soy incapaz de dejarla. Y es cierto que no siempre es carcajeante (casi nunca, de hecho) y que algunos personajes son lamentables, pero se ponen en grupo a hacer cualquier idiotez y me tienen ganado. Además, las apariciones de Lauren Graham y (próximamente) de Courteney Cox, más por lo que significan que por cómo las llevan a cabo, son también ejemplos de esos momentos facilones que me ganan como espectador.


Los personajes de Glee han dado tantas vueltas sobre sí mismos que poco sentido se puede esperar ya de ella -¡como si alguna vez lo hubiera tenido!-, pero aparte de la locura que es en sí misma tiene números musicales geniales que no aportan nada a la trama pero son entretenidos de ver. No se puede decir lo mismo de Smash, que llegó el año pasado prometiendo ser buena y no lo fue, pero que al menos era muy risible. Ahora simplemente es un coñazo.

Y ejemplos de series que no tienen el mejor guión del mundo pero lo compensan a base de momentazos hay muchos más. Homeland y Dexter, por ejemplo, pero de esas no voy a volver a hablar para no repetirme.

sábado, 9 de marzo de 2013

Espejos sin acabar

Con su primera temporada ya quedó claro que lo que más le interesa a Charlie Brooker en las historias que cuenta en Black Mirror es dejar una idea flotando en el aire. En las seis historias que nos ha traído hasta ahora se ha esforzado en explicarnos que, bajo su punto de vista, estamos avanzando en una dirección equivocada. Así, casi todos sus episodios tienen un componente repulsivo, bien sea por las formas que emplea o por lo que relata de la naturaleza humana. Y si algo se puede alabar de esta temporada que no tuvo la primera es la constancia, porque a pesar de que hubo muchas voces que se quejaron de la renovación, el nivel no ha bajado.

Si en la primera temporada el segundo episodio suponía un bajón importante (por lo obvio de su planteamiento y su aburrido desarrollo) y el tercero destacaba especialmente, dejando claro que el primero no era para tanto, en esta temporada los tres episodios tienen algo que les hace merecer la pena. Be right back es muy emotivo y logra una conexión con los personajes parecida a The entire history of you; White bear juega con el espectador y destapa sus cartas al final lanzando dos mensajes muy perturbadores; y, por último, The Waldo moment realiza un análisis muy poco sutil de la actualidad política pero más exahustivo de lo que el cine y la televisión nos tienen acostumbrados.

A pesar de todo, las historias de esta antología distan mucho de ser perfectas, sobre todo porque el cierre de los episodios me ha parecido desacertado. En el primer episodio no creo que la decisión de la protagonista sea consecuente con la angustia que sufre antes del epílogo; el segundo adorna sus créditos con una revisión de lo ocurrido desde otro punto de vista que es redundante e innecesaria (sobre todo porque todo se ve venir desde mucho antes) y que la única función que cumple es rellenar otros diez minutos; y el tercero cierra con un futuro distópico que, aunque lanza una última idea muy inquietante, se antoja anticlimático al compararlo con el resto.

De todas formas, y como ya he comentado más arriba, lo importante en Black Mirror es el fondo y no las formas, así que sus episodios pueden valorarse muy positivamente pese a que el final de los mismos no sea perfecto. Suelo estar muy de acuerdo con lo que Charlie Brooker me cuenta, y este año especialmente con el mensaje principal de White bear, del que Cristina Garde habló muy bien hace unas semanas en su blog, así que por mí parte recibiré con los brazos abiertos otra tanda de antologías.

Por cierto, el fin de semana pasado en Twitter hubo una especie de “discusión” sobre cómo ordenaríamos los episodios de Black Mirror en base a nuestras preferencias. Personalmente, mi lista quedaría así, aunque todos me han gustado mucho:

The entire history of you (1.03) > White bear (2.02) > Be right back (2.01) > 15 millions of merits (1.02) > The Waldo moment (2.03) > The national anthem (1.01)

jueves, 21 de febrero de 2013

¿En la mente del asesino?

Una vez acabada la genial The Closer, Kyra Sedgwick se iba al paro (voluntariamente) y le cedía el testigo a su marido, Kevin Bacon, para que pudiera trabajar en televisión. Fruto de este relevo es The Following, la nueva serie de Fox para esta midseason que narra el duelo entre un ex agente del FBI, Ryan Hardy, y Joe Carroll, un asesino en serie obsesionado con la literatura de Edgar Allan Poe que durante su tiempo en prisión logró a través de internet crear una red de seguidores dispuestos a hacer lo que sea para complacerle. El objetivo de Hardy es eliminar a los miembros de esta secta de psicópatas, que andan sueltos por ahí cometiendo crímenes bajo las órdenes de Carroll, y que desde el primer momento le llevan amplia ventaja.

De hecho, si algo caracteriza a The Following desde el piloto es la ineptitud de los miembros del FBI. Eso y los sustos de manual. Williamson, que aparte de ser el responsable de dramas adolescentes televisivos como Dawson Crece y The Secret Circle es el creador de la saga Scream, no escatima en subidas repentinas de volumen y golpes de efecto para sobresaltar al espectador, algo poco habitual en el medio televisivo y que en cierto modo es refrescante. Sin embargo, quienes esperábamos que The Following fuera una serie adulta (la Awake o The Chicago Code de este año) estábamos muy equivocados, porque el vehículo de lucimiento de Bacon no pasa de ser un entretenimiento de primera, con cliffhangers muy efectivos y un buen ritmo.

Esto no sería un problema si la serie no tuviese más pretensiones, pero por lo visto quiere hacer un retrato de la psique de estos asesinos que la mayoría de veces se queda a medias. En palabras de los propios psicópatas, matan “porque pueden” y porque al perder la vida la víctima “la suya cobra sentido”, justificaciones muy pobres que demuestran que la serie no inventa ni aporta demasiado. Además, los guionistas no son propensos a cuidar los detalles, y los personajes actúan con astucia o torpeza al servicio de la trama y los giros de guión, se espían a través de las puertas sin ningún tipo de disimulo o cambian de opinión sin motivos aparentes.

Pero hay que reconocer que cuando quiere The Following puede llegar a ser muy perturbadora. El cuarto episodio, el mejor de los cinco que llevamos, logró dejarme muy mal cuerpo ayudándose de un marcapasos y unos imanes. Además, el trío de psicópatas que tienen secuestrado al hijo de Carroll y que intentan pasarlo al lado oscuro (la escena en la que le incitan a matar animales también es bastante buena) han establecido una relación muy peculiar que siempre acaba siendo lo mejor del episodio. La persecución policíaca, por el contrario, flaquea, pues las sorpresas del episodio muchas veces se ven venir a la legua, el personaje principal es un tópico andante (James Purefoy le da mil vueltas a Bacon) y los secundarios son más bien planos.

Todo esto no es un obstáculo para que The Following sea endiabladamente entretenida y los cuarenta minutos del episodio se pasen volando, que al fin y al cabo es lo que cuenta. Poco a poco la ficción va cogiendo cuerpo y abandonando el esquema procedimental fallido de los primeros capítulos, pero de momento no se puede pasar por alto lo mediocre y convencional que es en el fondo.

domingo, 27 de enero de 2013

Pereza y tedio en los Hamptons

Hay series a las que se les puede perdonar que en momentos puntuales sean aburridas, pues lo compensan siendo estimulantes o interesantes en otro sentido; también se pueden tolerar un par de episodios de transición si las tramas que están planteando para el futuro son prometedoras, pero nada de esto está ocurriendo con Revenge en su segunda temporada. El más que digno serial de prime time que Mike E. Kelley creó para la ABC el año pasado empieza a dar graves síntomas de agotamiento, y lo más triste es que parece que el propio creador no es consciente de los errores que está cometiendo. (Spoilers de aquí en adelante)

Después del éxito que fue su primera temporada, Revenge decidió dar un giro a la trama y abrir las fronteras de la venganza de Amanda Clarke. Los Grayson no eran los únicos responsables de la muerte de su padre, sino que era la Iniciativa, una organización de la que sabemos muy poco a pesar de que los episodios van pasando, quien controlaba cada paso que éstos iban dando. Introducir esta conspiración en la trama era arriesgado, y la serie no ha salido airosa. No nos quedan claras las motivaciones de la Iniciativa ni exactamente cómo influyó en la muerte de David Clarke, por lo que hasta el momento simplemente ha servido de excusa para que los Grayson no se den cuenta de que es Amanda quien está boicoteándoles constantemente.

Casi sin que nos demos cuenta, Revenge ha pasado de ser una serie de intrigas palaciegas en la era moderna –con asesinatos, manipulaciones y el siempre divertido empeño de Amanda por destruir la vida de la gente que le había arruinado la infancia– a tratar sobre una serie de empresas que tratan de absorberse unas a otras sin que nos importe como espectadores cuál sobrevive. Nolan Corp ha aparecido casi de la nada, pero la faceta del fiel escudero de la protagonista como magnate de la tecnología no puede ser más tediosa, y más ahora que su interés romántico ha resultado formar parte también de la Iniciativa.

Daniel Grayson era en la primera temporada un completo estúpido que no se daba cuenta de nada de lo que ocurría a su alrededor, y de la noche a la mañana se ha convertido en un astuto hombre de negocios que ha conseguido robarle la empresa a su padre y cerrar todos los acuerdos que se ha propuesto a pesar de que su madre ha intentado impedirlo por su seguridad (la Iniciativa, ya se sabe). No hay quien se lo crea. Si al menos el personaje nos cayera simpático, podría preocuparnos que esté en peligro, pero ya se empeñaron los guionistas en hacernos ver que no era mucho mejor que sus padres.

Y si Daniel carece de carisma, peores aún son los habitantes del bar de mala muerte por excelencia de los Hamptons. Siempre han sido un engorro en la serie, y esta temporada, además de arrastrar a Charlotte –que empezaba a despuntar como personaje– a su infierno de la indiferencia, están siendo acosados por un par de enemigos de su padre que buscan venganza desde dentro y que probablemente cuenten con el apoyo de todos los espectadores de la serie. Cuanto antes acaben con ellos, antes dejaremos de escuchar las penas de esa panda de insoportables.

En definitiva, lo único que sigue funcionando en Revenge es lo que se ha mantenido intacto desde la primera temporada: los cruces de miradas entre Emily VanCamp y Madeleine Stowe, las venganzas episódicas que acaban con un rotulador rojo tachando una foto o la amistad de Amanda y Nolan. ¡Ni siquiera nos cuelan algún cliffhanger al final de los capítulos que nos haga querer ver el siguiente! De hecho, si la protagonista no fuese tan adorable a su manera, probablemente no seguiría con ella, porque no tiene pinta de que la cosa vaya a mejorar en un futuro próximo. Kelley parece estar satisfecho con el resultado y creer que este pseudo thriller en el que se ha convertido Revenge es interesante, pero no hay más que mirar los datos de audiencia para comprobar que los espectadores no están respondiendo muy bien. Y el problema de Revenge es que, si es aburrida, no hay en ella mucho más que rascar.

jueves, 24 de enero de 2013

El cierre de Briarcliff

Nota: En esta entrada hablo de la temporada de AHS y no me corto un pelo con los spoilers. Avisados quedáis.

El terror (o la fantasía, o el suspense, o la ciencia ficción, todo junto) supone para Ryan Murphy absoluta carta blanca. Ya hemos visto en otros de sus trabajos que el creador no tiene reparos en llevar al límite las historias que cuenta, pero escribir los guiones de American Horror Story, la antología de miniseries que produce para el canal FX, debe ser para él una experiencia orgásmica. Glee al fin y al cabo trata de enviar un mensaje positivo a los adolescentes marginados y The New Normal es poco más que un panfleto político disfrazado de comedia, pero en American Horror Story no se autoimpone ningún límite y ese siniestro rincón que tiene por mente puede dar rienda suelta a todos los excesos que le vengan a la cabeza. Si ya se vio el año pasado, este año ha quedado más claro aún con Asylum.

Defendí mucho la primera entrega de American Horror Story, además de por ser una bizarrada tremendamente adictiva, porque los últimos episodios se molestaron en retratar mejor a los Harmon (la familia que habitaba y sufría aquella casa de los horrores) haciendo que conectara con ellos. El resultado fue algo inesperadamente redondo, pues al principio eran todos una panda de no-personajes que el reparto defendía de manera increíble.

Este año, en cierto modo, la historia se repetía. Arrancaba Asylum, introduciéndonos en un perturbador manicomio a través de los ojos de Lana Winters (una fantástica Sarah Paulson que debería recibir premios de dos en dos por su interpretación). Los primeros episodios justificaban que la serie se vendiese como un producto de terror y eran francamente inquietantes. Sin embargo, como ya ocurrió el año pasado, el paso de los capítulos ha ido dejando de lado el terror para dar paso a una sucesión de tramas demenciales que han puesto contra las cuerdas a la pobre Lana, que compite con Lady Edith (Downton Abbey) por el puesto de “personaje más torturado de la temporada”.

La labor de los actores ha sido encomiable: en apenas un par de escenas todos los que repetían conseguían que nos olvidáramos de los personajes que interpretaban en la primera entrega. No hace falta decir que Jessica Lange se come la pantalla y va directa a por su segundo Emmy, pero sí hay que destacar el trabajo de Lily Rabe interpretando nada menos que al mismo diablo, encerrado en el cuerpo de una inocente monjita. Obviamente, tener a semejante personaje entre tus filas supone vía libre para que lleve a cabo cualquier tipo de maldad sin tener que explicar sus motivaciones, y Rabe ha estado a la altura de un papel tan potente. Difícilmente borraremos de nuestra retina su conversación, cuchillo en mano, con cierta niña psicópata o su encuentro sexual con el estúpido sacerdote interpretado por el nefasto Joseph Fiennes. Es el peor actor vivo, pero también una elección de casting indiscutible.


También ha brillado Zachary Quinto poniendo cara a bloody face, ese perturbador psicópata que veremos si The Following consigue superar. Y podríamos mencionar a Evan Peters, más que correcto en un papel menos lucido, o a Frances Conroy en sus apariciones estelares, pero probablemente no acabaríamos nunca, porque precisamente personajes no han faltado en Asylum, que ha cubierto todos los tópicos frecuentes del cine de terror y los ha usado a su antojo (aunque no fuera para dar miedo): el ángel de la muerte, el demonio, extraterrestres, un Santa Claus psicópata al más puro estilo Funny Games, asesinos en serie, mutilados, nazis, Anna Frank, científicos malvados y monstruos inclasificables se han saludado por los pasillos de Briarcliff, ese manicomio del que nadie podía escapar a pesar de que siempre había una puerta trasera abierta y los dementes campaban a sus anchas.

Y es que el guión de Asylum no se ha caracterizado por cuidar los detalles, sino por ponerse al servicio de los giros locos de trama. Los enésimos puntos de no retorno en los que no había forma de saber por dónde iba a continuar la serie han hecho imposible desengancharse de esta droga dura y muy poco refinada que nos sirven Murphy y Brad Falchuck. Eso y unos protagonistas que han llegado a importarnos: la relación entre Kit y Grace no ha tenido la fuerza del trágico romance adolescente protagonizado por Tate y Violet en la primera temporada, pero nos ha implicado lo suficiente para querer verlos salir de Briarcliff con vida, y la angustia perpetua de Lana hacía que tuviéramos curiosidad por ver cómo sería su cara sonriente.

En el apartado visual, la serie es incontestable. Asylum goza de un montaje frenético y una fotografía que carece de límites y pasa por enfoques verticales de la cámara y planos al revés que en cualquier otro producto probablemente quedarían mal pero que a la serie le vienen como anillo al dedo. Este exotismo visual es tan estimulante que convierte momentos tan gratuitos como The Name Game (otro de los puntos más destacados de la temporada) en arte visual.

Que nadie me malinterprete: no me tomo en serio American Horror Story a pesar de que tenga momentos muy dramáticos (también los tiene True Blood), pero lo que sí está claro es que disfrutable y fascinante lo es, y mucho, incluso para aquellos que, como yo, no somos aficionados a las historias de terror. En televisión pocas veces hemos visto algo parecido, a pesar de que Ryan Murphy entiende muy bien el medio y la forma en la que tiene que conducir sus relatos. Comprendo que sus finales “felices” y encaminados casi siempre a la redención no gusten demasiado entre los fanáticos del género, pero a mí me parecen redondos, y ya me muero de ganas de saber con qué nos va a sorprender en su tercer año.

miércoles, 23 de enero de 2013

Hasta la vista, Chloe

El año pasado, a última hora de la midseason, la ABC estrenó una comedia en el hueco que dejaba libre Happy Endings para que aprovechara las buenas audiencias de Modern Family. Este espacio, en el que se han emitido otras comedias como Cougar Town, era el que la cadena aprovechaba para emitir sus sitcoms más ácidas y arriesgadas, y Don't Trust the B---- in Apartment 23 no era una excepción. Esta comedia gamberra creada por una ex guionista de American Dad, con tan solo siete episodios, causó cierto revuelo entre los críticos y consiguió hacer unos números de audiencia decentes que le permitieron renovar por una segunda temporada (lo que entonces no sabíamos era que la ABC tenía varios episodios en la recámara que pasarían a formar de esta nueva entrega).

Este año, la cadena se ha dado cuenta de que es mejor colocar tras Modern Family series de corte más familiar que puedan aprovechar mejor el arrastre de la exitosa sitcom, y como consecuencia Happy Endings y la serie que nos ocupa, Don't Trust the B---- in Apartment 23, se quedaban huérfanas de su madrina y abandonadas a su suerte en la noche de los martes, todo un cementerio en la programación de ABC en el que hace años que no funciona nada. Como era de esperar, estas dos sitcoms no han levantado cabeza desde que volvieron el otoño pasado, y la reacción de la cadena pasó por doblar su emisión semanal, alterar el orden de los episodios y cargarse la continuidad de la serie hasta llegar, en el caso de Apartment 23, a la cancelación. Krysten Ritter y James Van Der Beek anunciaban ayer en sus cuentas de Twitter, pocas horas después de que supiéramos que la ABC la había retirado de la parrilla, que la joven sitcom estaba oficialmente cancelada. Por lo que sabemos, hay ocho episodios grabados que se quedan sin emitir hasta nuevo aviso.

Y la cancelación da pena porque Apartment 23 estaba francamente bien. El poco tiempo que ha durado probablemente no la ha convertido en la comedia favorita de nadie, pero no eramos pocos los que la disfrutábamos mucho. La serie no hacía apenas ruido en blogs o redes sociales porque desde el principio arrancó a un buen nivel (y ha sabido mantenerse), y las sitcoms no se caracterizan por una trama que dé cientos de giros que haya que comentar. Pero a pesar de todo la echaré de menos porque la velocidad de sus diálogos cargados de chistes, algunos bastante bestias, siempre lograba sacarme unas carcajadas.

La serie nos contaba cómo June (Dreama Walker) se mudaba a Nueva York persiguiendo el trabajo de sus sueños, y a los cinco minutos del primer episodio la empresa que la había contratado quebraba y acababa viviendo con una estafadora. Chloe (Krysten Ritter), la bitch a la que hace referencia el censurado título, es la estrella absoluta de Apartment 23, sobre todo porque en la televisión en abierto no es habitual encontrarnos personajes carentes de escrúpulos que no sean condenados por el guión. La única que juzga duramente a Chloe es June, cuyos principios exageradamente idealistas y obsesivos nos impiden tomarla en serio. Sobre el papel es el ancla moral de la serie, pero en la práctica su falta de cordura y sus histerismos hacen que sea casi tan divertida como su compañera de piso. La relación entre ellas dos está bastante bien conseguida, aunque por culpa del vaivén de episodios de la ABC no nos ha llegado a quedar claro nunca en qué punto exacto de aceptación mutua se encontraban.

Sea como sea, el esquema de los episodios –Chloe se propone alguna locura y June trata de hacerla entrar en razón para finalmente darse cuenta de que su forma de ver la vida es demasiado cerrada y aburrida– no sería nada sin la aportación de James Van Der Beek interpretando a James Van Der Beek. Pocas estrellas son capaces de reconocer que su carrera lleva siglos muerta y parodiarse a sí mismos en una serie en la que ni siquiera son protagonistas (Episodes al fin y al cabo es un vehículo de lucimiento para Matt LeBlanc), pero el protagonista de Dawson Crece tiene tanto sentido del humor que no le ha supuesto ningún problema representarse a sí mismo haciendo el ridículo en Dancing With The Stars o desesperado por que la revista People lo elija el “hombre vivo más sexy” en una sucesión de intentos fracasados por relanzar su carrera.

Apartment 23 apenas tiene 17 episodios (aunque confío en que la ABC emita los que quedan al menos como relleno en verano o fines de semana), pero son episodios que sin duda merecen la pena. No todo en ella era perfecto –la mayoría de los secundarios no valían un duro–, pero estoy seguro de que, de haber tenido más tiempo para desarrollarse, habría llegado a ser una sitcom de referencia. Hasta la vista, Chloe.

lunes, 21 de enero de 2013

Mereció la pena


La quinta temporada de Fringe daba el pistoletazo de salida con un nuevo punto de inflexión (el último) que ha marcado todos y cada uno de los episodios de la misma. No había cabida en esta especie de epílogo final para la serie que ha sido durante sus primeros cuatro años: no ha habido “eventos Fringe” que vertebren los capítulos ni personajes episódicos que nos impliquen o funcionen como otra cosa que relleno de minutos. El nuevo contexto, la invasión de los observadores, ha sido en cierto modo estimulante, pero lo cierto es que no ha permitido que la serie se desenvuelva con la naturalidad de antaño. Teniendo en cuenta que esta renovación llegó in extremis y que el final de la cuarta temporada podía haber funcionado como final de serie, ¿han merecido la pena estos últimos trece episodios? En vista del final, por supuesto que sí.

Este año la división ha tenido que enfrentarse a una legión de superhumanos que oprimían el planeta y que eran, sobre el papel, invencibles. Los observadores imponían respeto, y su figura ha servido para crear escenas bastante tensas, sobre todo cuando los protagonistas se cruzaban con alguno de ellos y tenían que evitar que les leyeran la mente. Sin embargo, la carencia de emociones de estos villanos –lógica, por otro lado– les ha restado interés, y solo la lenta “humanización” de su líder, que ha llegado a experimentar verdadero odio por Walter, Olivia y compañía, les ha dado algún matiz.

Los personajes han seguido siendo ellos mismos, y precisamente por eso la última temporada de Fringe todavía ha sido disfrutable: los 21 años que han permanecido ambarizados y lo que ocurrió en sus vidas mientras nosotros no fuimos testigos les ha cambiado, pero el miedo de Walter a convertirse de nuevo en aquel genio frívolo y sin sentimientos que era antes de ingresar en el centro de salud mental en el que nos lo encontramos en el piloto ha sido sin duda uno de los puntos fuertes de la última entrega. En menor medida ha funcionado la relación de Peter y Olivia, perplejos al encontrarse a una hija que casi les iguala la edad y que ha crecido sin ellos. Etta duró muy poco como para poder empatizar con ella y que su muerte nos afectase, pero sí es cierto que una vez que los guionistas la quitaron de en medio las cosas entre ellos se estabilizaron y su pérdida sirvió para implicarnos más.

Otro error de la temporada ha sido sin duda colocar a Peter como centro absoluto de muchos episodios. Es cierto que Olivia y Walter han sido explotados al máximo en temporadas pasadas, pero si el personaje interpretado por Joshua Jackson siempre ha sido una comparsa de estos dos es porque es muchísimo menos interesante (y, reconozcámoslo, el actor es limitadísimo). Aun así, su proceso de transformación en observador fue interesante, aunque finalmente se quedase en nada y lo resolvieran de manera abrupta –se ha notado que los guionistas no tenían mucho tiempo–.

En definitiva, ha sido la quinta una temporada cansada y poco potente, que solo ha funcionado en momentos puntuales (a destacar el viaje dentro de la mente de Walter en forma de sketch animado o las incontables veces que se hacía referencia al pasado), pero que ha desembocado en un final que ha sido prácticamente redondo, y sin duda mucho mejor que el que habríamos tenido si la serie no hubiera renovado. Los dos últimos episodios de la serie han tenido un ritmo trepidante y han sintetizado todo lo que nos gusta de Fringe: Olivia como heroína y motor de la trama, Walter como corazón de la serie y, en definitiva, emociones a raudales. No han faltado los guiños a los fans, que van más allá de esa dedicatoria oculta: el viaje al universo alternativo completamente gratuito pero que estoy seguro que todos disfrutamos (echaba mucho de menos a AltLivia y Lincoln), la carnicería final en la que gasean a los observadores con algunos de los “eventos” más memorables de estos cinco años, los poderes mentales de Olivia más desatados que nunca mientras la ciudad entera se apaga tras ella, la aparición estelar de Gene ambarizada, Walter pronunciando bien el nombre de Astrid, el significativo tulipán blanco con el que cierra la serie y un sinfín de detalles más que hacen que dé igual que la paradoja temporal no esté todo lo bien atada que podría.

Fringe es (era) pura ciencia y mitología, pero siempre al servicio de unos protagonistas muy interesantes que han sido su sello de identidad y la razón por la que la voy a echar tanto de menos, pues se queda guardada en mi memoria como una de las series que más he disfrutado.

martes, 15 de enero de 2013

Lena Dunham VS. la CIA

El domingo, cuando los Globos de Oro anunciaron sus flamantes ganadoras en las categorías de televisión, Twitter se incendió. Girls y Homeland, que, guste o no, han sido dos de las series de las que más se ha hablado este año con su primera y segunda temporada, respectivamente, fueron las afortunadas, y las quejas me parecen incomprensibles, sobre todo si tenemos en cuenta que, además de que los premios estaban cantadísimos y no ha habido sorpresas, los votantes de los Globos de Oro no ven la televisión. Se comenta incluso que en el momento de cerrarse las votaciones de los miembros, Django Unchained no había hecho ningún pase y aun así la película de Tarantino rascó cinco nominaciones. Si esto ocurre en cine, ¿qué no pasará con las series, a las que dan mucha menos importancia? El hecho de que Connie Briton, Hayden Panettiere y The Newsroom estuvieran nominadas (las dos primeras porque su serie fue el estreno de otoño mejor recibido por los críticos y la segunda por el nombre de su creador) ya daba pistas de por dónde iban los tiros, algo que se confirmó con el premio a Don Cheadle. No le veo sentido a enfurecerse por unos premios que han demostrado en contadas ocasiones tener nula credibilidad y cuyo único objetivo es reunir al mayor número de famosos de cine y televisión posible para ponerlos a beber juntos y que veinte millones los vean desde sus casas. Un poco de filosofía no vendría mal.


Dicho esto, Homeland me ha seguido pareciendo una gran serie en su segunda temporada, y aprovecho para comentarla un poco. Ya dije cuando arrancó la temporada que admiraba la manera en la que se estaban desarrollando las cosas, sin dar pie al aburrimiento y con un montón de giros que en ningún momento se volvían demasiado inverosímiles (si obviamos el hecho de que Carrie está loquísima, desobedece por norma cualquier orden que se le da y aun así la siguen dejando trabajar en la CIA). Esta segunda temporada ha explotado aún más a Saul –Mandy Patinkin ha estado genial, y el personaje se ha convertido en alguien muy entrañable a la par que enigmático– y a la familia de Brody. A Dana, la mejor adolescente televisiva del momento (a pesar de que media humanidad la odia), le ha tocado sufrir más de lo que me gustaría, pero Morgan Saylor ha estado a la altura, descubriéndose como una actriz muy solvente. También Morena Baccarin tuvo un par de escenas que le permitieron lucirse, y por supuesto Claire Danes y Damian Lewis siguen arrolladores en sus papeles. Me sorprende mucho, de hecho, que el Emmy de Lewis haya sido de lo más criticado de la noche, cuando me parece que no solo hace un trabajo magnífico, sino que además esta temporada le ha supuesto un reto interpretativo mayor que la primera. Sí, hemos tenido que suspender la incredulidad un par de veces, pero Homeland ha sido una de las series más emocionantes de este otoño, y puestos a criticar su victoria, yo prefiero criticar las ausencias (Mad Men y The Good Wife en beneficio de The Newsroom y Downton Abbey).


Y Girls no ha levantado menos polémica. Justo el domingo volvió con una segunda temporada que HBO adelantó visto el buzz generado. Lena Dunham es la mujer de moda entre un sector muy reducido de la población, algo que le ha bastado para copar portadas y escribir libros. Que haya gente odie su serie es más comprensible, porque la mayoría de sus personajes son insoportables sobre el papel y la clave para conectar con ella es ver en uno mismo muchos de los “defectos” de los personajes. Quien no haya sido tan egoísta como Marnie que tire la primera piedra. La serie ha vuelto como se fue, con Zosia Mamet robando escenas, Allison Williams iluminando la pantalla y Hannah haciendo gala de sus manías más irritantes. Y quien asegura que no es una comedia porque no provoca carcajadas creo que todavía no ha captado el tono de la serie, que ridiculiza a sus protagonistas el 90% del tiempo. Mentiría si digo, de todas formas, que el regreso me ha parecido algo del otro mundo: “It's about time” es más bien un episodio de transición que flaquea bastante al estar la vida de los personajes tan estancada. Supongo que tardaremos un tiempo en adaptarnos a los nuevos arcos argumentales (lástima que las temporadas sean tan cortas), pero no dudo que episodios mucho más épicos y momentos cargados de vergüenza ajena están a la vuelta de la esquina.

Por mi parte, poco que reprochar a los Globos televisivos este año (aunque les odie por seguir aumentando el ego de Benn Affleck en las categorías de cine).

viernes, 4 de enero de 2013

El regreso de Jules y compañía

Mi comedia actual favorita es sin duda Cougar Town. Ya he explicado varias veces (sobre todo en mi blog anterior) que el peculiar grupo que han formado estos cuarentones que a priori solo tenían en común la valla del jardín me encanta, porque han alcanzado un nivel de complicidad –a base de ridiculizarse los unos a los otros, en realidad– pocas veces vista en otras series. Al contrario de lo que ocurre en Parks and Recreation o Ben and Kate, en las que se nota que buscan que nos encariñemos mucho con los personajes (y no nos importa porque lo consiguen), Cougar Town lo logra sin buscarlo tan descaradamente. Los protagonistas de la serie no tendrían por qué caernos simpáticos porque unos cuantos son egoístas, otros muy estúpidos y luego está Ellie Torres que directamente es pura maldad (por eso es tan grande). Y sin embargo lo hacen.

Y es que en su absurdez y su sinsentido la comedia se ha convertido en todo un happy place: los personajes tienen trabajo pero se pasan el día bebiendo, y hasta la llegada de un huracán es motivo de fiesta. Por eso, a pesar de que lo humillen de todas las maneras posibles, entendemos que Tom se esfuerce tanto en formar parte de esta pandilla porque ¿quién no querría vivir así?

Sin embargo, después de su segunda temporada la cadena ABC decidió cambiarle su horario privilegiado tras Modern Family para dejarle hueco a otras sitcoms, retrasar su estreno a midseason y colocarla en una de sus franjas malditas entre dos productos con los que no compartía público. Tras este maltrato fue directamente cancelada y rescatada por la TBS, que por lo visto es lo mejor que le ha podido pasar a la serie. Su nueva cadena, que al menos sabe que la serie existe, la está promocionando de las maneras más originales posibles (no hay más que seguir su canal de YouTube) para que la gente no se olvide de ella. Hasta le ha hecho una promo "a lo 2004" en la que los actores aparecen tirándose vino.

Pero aunque el episodio con el que se despidió la tercera temporada allá por mayo fue muy grande y la espera hasta la cuarta entrega se ha hecho eterna, lo cierto es que el año pasado hubo unos cuantos episodios en la primera mitad de la temporada que no estuvieron demasiado inspirados y en los que la serie estuvo un poco por debajo del nivel acostumbrado. Por suerte fue un bache que superaron pronto (los últimos episodios fueron geniales), pero sobre todo les ocurrió por ser demasiado conscientes de si mismos y por centrarse demasiado en las autorreferencias –que siempre molan pero que no sostienen una comedia por sí solas–, olvidándose de ser tan grandes como en su segundo año.

Como digo, fue algo que duró bastante poco (y sinceramente que no estuvieran a pleno rendimiento no me impidió disfrutar mucho con ella), pero las nuevas promos de la serie, que se están centrando mucho en remarcar la identidad de la misma, en apuntar que no tiene nada que ver con su desacertado título y en resaltar las personalidades exageradamente tópicas de los protagonistas me hace temer otro leve bajón. Esperemos que no, porque quiero que esta cuarta temporada no sea la última y quiero seguir disfrutando con ellos del vino en casa de Jules.


P.D.: Si alguien se anima a echarle un vistazo a la serie después de leer esta entrada, que sepa que los primeros episodios son bastante malos. No es que la serie estuviera buscando su tono, es que directamente era algo completamente distinto y sin gracia. Os recomiendo que tengáis un poco de paciencia o que directamente los ignoréis y empecéis a verla a partir del 1x10 más o menos, que se entra en la dinámica enseguida y sin problemas. La serie, por cierto, vuelve el 8 de enero.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Las frustraciones de Pete Campbell

Esta entrada es bastante anacrónica porque hace meses que acabó la quinta temporada de Mad Men y faltan otros tantos para que arranque la sexta, pero yo estoy poniéndome ahora al día con los publicistas de Sterling Cooper Draper Pryce, y por si acaso alguien no la lleva al día aviso de que hay spoilers hasta el episodio 5x05.

Pete Campbell era hasta ahora mi personaje favorito de Mad Men. Puede que en la primera temporada ya nos mostraran que estaba dispuesto a todo con tal de ascender en la empresa y a los pocos episodios le estuviera siendo infiel a su prometida (que, recordemos, es Alison Brie), pero las dos cosas se podían justificar en cierto modo. Pete siempre ha sido un personaje lleno de frustraciones al que las cosas no le han salido demasiado bien, así que su actitud de odio hacia el mundo era comprensible si no había hecho otra mas que llevarse palos. Porque ser ambicioso no tiene por qué ser algo malo, ni mucho menos condenable en un contexto en el que todos son peores que él.

A lo largo de las temporadas, además, hemos visto cómo Pete se rompía los cuernos para conseguir clientes para Sterling Cooper sin que nadie le agradeciese nunca nada. Siempre ha tenido que compartir el mérito con alguien o sus logros han sido pasados completamente por alto. De hecho, al formarse la nueva empresa ni siquiera hubo un hueco para su apellido en el nombre. Pese a ser socio, tuvo que conformarse con un despacho enano en el que no entraba la luz del sol. Y, por si fuera poco, su vida personal no compensaba en absoluto: sus suegros le odiaban y él no era capaz de darle un hijo a su mujer, lo que suponía un duro golpe para su hombría en plenos años sesenta. Mientras, Roger Sterling se sentaba de brazos cruzados en un despacho enorme y vivía de las rentas.

Pero a lo largo de la cuarta temporada y tras el arranque de la quinta parecía que las cosas podían mejorar para Campbell. Su mujer se había quedado embarazada, su matrimonio atravesaba un buen momento, su trabajo en la empresa estaba empezando a ser reconocido... Pero nada de eso parece ser suficiente para Pete, que no ha tenido problemas en ponerle los cuernos a Trudy a la primera de cambio. No es tan importante la infidelidad en sí (ya lo ha hecho antes, pero siempre con mujeres que han significado algo para él), sino que haya sido con la primera prostituta con la que ha tenido ocasión. Como espectador no puedo justificar algo así si no me muestran una frustración matrimonial que hasta ahora no he visto (al menos no demasiado marcada). Trudy tiene sus cosas, pero Pete siempre ha parecido quererla.

Por si fuera poco, y aunque ya ha conseguido un despacho mejor, varias cuentas nuevas y el reconocimiento de la mayoría de sus compañeros, no ha tenido problema en robarle un cliente a Lane Pryce, probablemente el ser más bondadoso que hay en Mad Men, y burlarse de él de la forma más cruel posible. Al final los guionistas han conseguido que el puñetazo que recibe sepa a gloria.

Y aún así, Pete no es el ser humano más horrible que se pasea por la agencia. Don Draper debe ser el personaje más hipócrita y arrogante que ha dado la televisión, y Roger Sterling también es bastante despreciable, aunque es consciente de ello y no finge lo contrario (y además es difícil odiarlo porque sus frases lapidarias están al nivel de las de Maggie Smith en Downton Abbey). Al menos Pete consigue hacernos creer de vez en cuando que es un desgraciado.

P.D.: La quinta temporada de Mad Men me está pareciendo, si no la mejor (es pronto para juzgar), la más divertida de toda la serie.