He tardado en escribir por aquí sobre
Utopia, que acabó hace dos
semanas ya, en parte porque no sabía muy bien cómo explicar por qué
no me ha apasionado tanto como al resto y en parte porque escribir
sobre ella me daba la misma pereza que me suscitó la segunda mitad
de la temporada. Utopia ha
sido el estreno de moda, la serie británica a la que todo el mundo
se ha enganchado inmediatamente. Es raro porque normalmente son
cuatro bloggers los
que se hacen eco de este tipo de propuestas inglesas y el resto las
vemos a rebufo, como pasó el año pasado con la prometedora The Fades (ganadora del BAFTA y por
cuya cancelación sigo llorando), pero la calidad media de los
estrenos este año nos ha dejado sedientos y algo tan original como
Utopia nos llamó
mucho la atención ya desde las promos.
Y el
piloto no decepcionó, porque la serie de Channel 4 estaba rodada en
anamórfico (algo casi inédito en televisión) y aprovechaba el
formato para jugar con la fotografía, la luz y el color, presentando
desde el primer minuto una factura visual que atrapaba sin remedio.
Además, el uso de la música, la violencia explícita y la
presentación de unos psicópatas bastante espeluznantes eran gancho
más que suficiente para que esta conspiración en torno a un cómic
se convirtiera en una cita semanal imprescindible.
Los
protagonistas, a priori, lo tenían todo para embelesar al público
más freak: eran un
puñado de fans que comentaban el cómic que da nombre a la serie en
un foro de internet y que de pronto se encuentran en el ojo del
huracán. Sin embargo, más allá de algunas pinceladas iniciales, no
eran personajes demasiado tridimensionales, y solo el carisma de
Becky y la presión a la que se veía sometida, así como la cruel
infancia de Grant, eran mínimamente interesantes. Hizo falta que
después se uniera la peculiar Alice, cuyo breve camino es uno de los
mejor trazados de la serie, y un dilema moral bastante potente que
hiciera que Wilson se planteara sus motivaciones. El resto, por
cierto, en ningún momento se han parado a pensar si la “barbaridad”
que the network
proponía era en cierto modo razonable.
Por eso, al final Utopia se ha quedado más en un envoltorio bonito con mucho humor negro y unos filtros de Instagram muy bien escogidos que en una serie compleja. Las tramas de conspiración siempre funcionan mejor cuanto menos sabemos de ellas, y en seis capítulos hace falta destapar las cartas muy deprisa. Dice Eduardo Galeano que la utopía, aunque inalcanzable, sirve para caminar, y el título de esta serie (que no hablaba tanto de las intenciones de ésta como del plan de the network) me hizo creer que estábamos ante una nueva Rubicon en la que no importaba demasiado el qué, sino que la conspiración más grande que la vida sería una excusa para que los protagonistas avanzaran. No ha sido así, y las revelaciones constantes, que por otro lado no han servido precisamente para darle a Utopia un ritmo trepidante, han decepcionado más que otra cosa. Jessica Hyde, sin ir más lejos, ha pasado de ser enigmática e inquietante a directamente inaguantable.
El
cliffhanger con el que
se despide la serie, además, en lugar de reforzar el misterio y
darle nuevos tintes a la conspiración, simplemente deja la trama en
suspenso, pero sin que tengamos la sensación de que nos faltan
piezas del puzzle. De haber una segunda temporada estaré ahí para
verla, porque pese a todo Utopia es
original, visualmente fantástica y medianamente entretenida; pero si finalmente Channel 4 no
encarga más episodios no me costará demasiado olvidarla y pasar a
otra cosa, porque en ningún momento ha sido tan genial como
prometía.
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