lunes, 10 de junio de 2013

Por qué me gusta The killing

Homeland es un remake de la serie israelí Hatufim. Éste es un dato que el mundo convenientemente ignora –y es normal, que yo soy el primero al que ponerse a ver la original le da una pereza tremenda–. Todos le atribuímos a la serie de Showtime virtudes que puede que no sean suyas: el enfoque tan poco maniqueo que tiene (bajo nuestro punto de vista, que también hay quien la tacha de anti-islámica) bien puede ser fruto de la nacionalidad de su referente, y no sabemos si la fascinante y perturbada personalidad de Carrie Mathison es una mera réplica de la de la protagonista israelí. Quiero decir, en definitiva, que las opiniones sobre Homeland no se desechan si quien las expresa no ha visto Hatufim, igual que cualquiera tiene derecho a criticar The walking dead aunque no haya leído los comics. Sin embargo, Forbrydelsen, la ficción danesa en la que The killing se basa, fue tal éxito en el Reino Unido que opinar sobre esta última sin haber visto la original parece estar prohibido. Por tanto, aviso de que voy a hacerlo para que quien quiera deje de leer ya.

The killing estrenó su tercera temporada tras una milagrosa resurrección la semana pasada, pero no voy comentar el arranque en este artículo, sino que voy a aprovechar que me preparé a conciencia para este regreso viéndome las dos primeras temporadas del tirón para explicar por qué The killing me gusta.

Soy consciente de que la serie tiene fallos, pero no tengo ganas de comentar aquí sus giros de guión cogidos con pinzas y sus tramas secundarias que parecen no ir a ninguna parte. Puede que haber visto las dos primeras temporadas semanalmente resulte mucho más frustrante que hacerlo del tirón (el sufrimiento de Mitch Larsen por la muerte de su hija es muy lógico puesto que sólo se cuentan los 25 días posteriores a la aparición del cadáver). Sea como sea, en este caso pesan para mí mucho más las virtudes que los fallos.

En primer lugar, hay que admirar la dirección de The killing. La Seattle húmeda y oscura que nos presenta ha sido tachada de deprimente, pero yo siempre he sido más de nubes que de claros, por lo que lo único que conseguía esa atmósfera tan elaborada era atraerme aún más, como el que ve caer la lluvia tras la ventana con la comodidad que proporcionan un techo y una manta. The killing forma parte de ese reducido grupo de series actuales que juegan con la puesta en escena y la utilizan para dar matices a la historia. Downton Abbey, Mad men o Homeland están muy bien dirigidas, pero la mayor parte del tiempo los planos y la iluminación son convencionales y meramente instrumentales. Son pocas las series de televisión (Rectify, Hannibal, Breaking bad) que de verdad se esfuerzan en presentar una factura visual distintiva, y The killing es una de ellas.

Otro de los aspectos loables de la serie de Veena Sud es el empeño que pone en que los personajes implicados en las tramas tengan un trasfondo. Dado que Linden y Holder funcionan tan bien juntos –algo que comentaré después–, no era necesario en las dos primeras temporadas que los trabajadores de la campaña política de Darren Richmond tuvieran historias personales; por su lado, la familia de Rosie Larsen podía haber sido mucho más secundaria, ejerciendo únicamente presión. Sin embargo, como ya hiciera la española Desaparecida, la “hija fea” de AMC prefiere hacer un retrato del dolor de la familia, lo que para mí fue uno de sus puntos fuertes –Michelle Forbes no desaprovechó ni una sola escena y yo no olvidaré nunca la última escena de los Larsen. Es cierto que la vertiente política funcionaba mucho peor, pero también me fue ganando progresivamente.

Y, por supuesto, The killing tiene a Mireille Enos inerpretando a Sarah Linden. Linden es la ruptura definitiva con los prototipos femeninos en la ficción. Ante las amas de casa perfectas (Bree en Mujeres desesperadas), las mujeres trabajadoras que anteponen su familia a todo (Alicia en The good wife) y las que son un desastre en su vida personal pero infalibles en su puesto de trabajo (Carrie en Homeland, Olivia en Fringe), llega The killing para presentarnos a una mujer que es un desastre en todos los aspectos de su vida. La obsesión malsana de Linden con ciertos casos no sólo la lleva a convertirse en la peor madre imaginable, sino que también le hace perder por completo la perspectiva, poniéndose a ella y a su compañero en peligro en varias ocasiones y llevándola a obcecarse con falsos culpables. Es más, cuando Linden busca respuestas desesperadamente también se olvida de ser educada y simpática (rompiendo así con otro tópico, el de las mujeres torpes pero monas y simpáticas que vemos en The newsroom).

Y esa figura llena de defectos transmite al mismo tiempo una firmeza pocas veces vista en un personaje tan frágil. Mireille Enos, que cuida al detalle su interpretación (estoy enamorado de la forma en que Linden sujeta los cigarros), logra encarnar esa dualidad y que su personaje sea querible. Con el paso de los episodios se nos va desvelando el origen de los problemas de ésta con las investigaciones, algo de lo que parece que sabremos mucho más esta temporada y en lo que yo tengo especial interés.

Stephen Holder, por su lado, es el contrapunto perfecto. El detective interpretado por Joel Kinnaman sabe ver lo bueno que hay en Linden antes incluso de que lo haga el espectador, se abstiene de juzgarla la mayor parte del tiempo y su mente fría sirve de ancla para que Sarah no navegue definitivamente a la deriva. Al mismo tiempo, el referente de ésta es clave a la hora de entender el tipo de detective en el que se convierte Holder. La relación de los dos es uno de los puntos fuertes de la serie, y uno de los pocos a los que no se le puede poner ninguna queja.



El problema es que The killing no ha sido nunca un thriller, o al menos no un buen thriller (carece de ritmo), y nos la vendieron como tal. Eso sí, como drama hay mucho petróleo que sacar todavía de ahí. La tercera temporada apunta alto, y todavía no es tarde para subirse al carro. De nuevo, la trama vuelve a dividirse en tres afluentes: Linden, Holder y la investigación por un lado; unos jóvenes indigentes del entorno de la víctima por otro; y un condenado a muerte que ya sabemos que es inocente pero que no actúa como tal. Es decir, que Sud no ha hecho mucho caso a los críticos y va a seguir haciendo la serie que le da la gana. ¿Es eso malo? Para mí no.

1 comentario:

Liz dijo...

Bueno una serie mas que me apunto *___* gracias por la crítica