domingo, 10 de agosto de 2014

Sobras, ordenadores, sexo y flechas

Cuando he entrado al blog he flipado un poco al ver que la última entrada que tengo publicada es la lista de fin de año que hice en diciembre. Sabía que tenía esto abandonado, pero no recordaba cuánto. El caso es que, ahora que por fin he acabado la carrera y han pasado unos cuantos meses de agobio extremo, he decidido retomar esto. La constancia no es mi punto fuerte, y puede ser que lo próximo que escriba aquí sea otra lista de fin de año (porque uno no puede resistirse a eso de hacer listas), pero la intención de publicar regularmente la tengo.

Como lo importante es arrancar, esta va a ser una entrada un poco dispersa en la que voy a comentar lo que estoy viendo este verano. Un verano en el que, dicho sea de paso, no le estoy haciendo mucho caso a los estrenos: he pasado de The Strain y de Outlander, no me he puesto con The Honourable Woman ni con Manhattan todavía (aunque a éstas sí les tengo ganas)... Incluso series cuya primera temporada me gustó mucho, como Rectify o The Bridge, han vuelto y veo cómo se me acumulan los episodios en followmy.tv. También me ha pasado con Utopia, aunque a esta probablemente no vuelva, porque los últimos episodios de la primera temporada ya me dieron bastante pereza.

A la que sí le he sacado tiempo como sea es a Masters of Sex, que ha vuelto con su segunda temporada. Ya me encantó la primera, pero este verano se está confirmando como una de mis series favoritas. Sus larguísimos episodios se me pasan volando porque todos sus personajes me parecen interesantes, algo que me ocurre con muy pocas series. Además, este año están consiguiendo que Bill no me parezca despreciable -dentro de sus taras mentales, que las tiene- y que no me moleste su relación con Virginia, algo imprescindible sabiendo cuál será la deriva de esta pareja. La única pega que le pondría (aparte de que Margaret y Barton Scully están saliendo poco) son los comportamientos bettydraperescos de Libby: me parecen lógicos y coherentes, pero ya los he visto en Mad Men, y precisamente lo que me gustaba del personaje es que en una situación similar reaccionaba de manera distinta a Betty.

Otra que ha vuelto es Gravity Falls, una de mis comedias favoritas (y la única serie de animación que veo junto a Bob’s Burgers). La serie de Disney Channel ha vuelto a por todas, apostando por la continuidad y afrontando de manera directa los cabos sueltos que dejó en la primera temporada. Y con momentos cómicos muy inspirados. En serio, que no os tire para atrás el hecho de que sea para todos los públicos y vedla, porque merece bastante la pena.

También estoy siguiendo el gran estreno de HBO para el período estival, The Leftovers. Ni soy el mayor fan de Lindelof ni pienso que sea un guionista terrible. No sabe atar cabos, pero aquí no lo va a hacer, así que podemos disfrutar del camino sin centrarnos en los misterios. El comportamiento de la gente con esta serie me molesta mucho, porque muchos se quejan de que es aburrida y no está claro aún por dónde va a ir, cosa que ocurre con la mayoría de series de la cadena al principio. Por lo visto, a esta se la juzga con un rasero distinto.

De momento, me atrapa el universo creado y me gustan los personajes de Christopher Eccleston, Liv Tyler y Carrie Coon. El tercer y el sexto episodios me han encantado, directamente, y los otros funcionan a trompicones, sobre todo porque la trama de Chris Zylka no me gusta ni me intriga, sino que me parece que entorpece la serie. Por otro lado, me matan de curiosidad los ‘guilty remnants’, y espero que las razones de su comportamiento no entren dentro de los misterios que los creadores no piensan resolver (no necesito saber por qué desaparece la gente, pero esto me parece vital para conectar o no con algunos personajes).

Esta semana me he puesto también con Halt and Catch Fire, con la que me he llevado otra sorpresa agradable. No me ha parecido tan intensa y forzada como apuntaba el piloto -con esa innecesaria escena del armadillo-, y he acabado empatizando con los personajes. No es trepidante y, sin embargo, me quedan sólo dos episodios para acabarla. A su favor diré que el de Lee Pace es uno de los pocos antihéroes que he visto al que no me apetece matar en todas sus escenas. Dentro de su obsesión por el control y la manipulación, no es tan despreciable como Don Draper, Walter White o Tony Soprano. Pace está de Emmy, pero su personaje no es el único fascinante de la serie: Donna (Kerry Bishé) y Cameron (Mackenzie Davis) también lo son.

¿Otras cosas que estoy viendo a mi ritmo? Arrow, sobre todo porque tengo muchas ganas de The Flash y porque la gente habla maravillas de su segundo año. La primera temporada me está pareciendo demasiado seria para lo endebles que son algunas de sus tramas. Espero que la segunda tenga un tono más ligero o las historias cojan fuerza, porque de momento no me lo paso tan bien como querría. Me apetece algo menos DC, como promete el trailer de The Flash.

Y poco más, de momento. Me estoy intentando dosificar la brevísima temporada final de The Killing, porque echaré mucho de menos a Linden y Holder. También me he puesto en serio con Buffy (la segunda temporada me ha sorprendido) y Everwood (que para pasar el rato está muy bien aunque no soporte al protagonista). En su día vi trozos en La 2 y me gustaron, y llevaban en mi lista de pendientes demasiado tiempo. 

martes, 17 de diciembre de 2013

Mis 15 del año

Las listas de lo mejor del año son demasiado divertidas de hacer como para no caer en la tentación. Tal vez no tengan mucho sentido, pero sirven para hacer balance y de paso para desempolvar un poco el blog, que últimamente publico una vez cada dos meses. Por supuesto, sobra decir que esta es una lista completamente subjetiva y que probablemente dentro de dos semanas las posiciones serían completamente distintas. Fuera se han tenido que quedar veteranas como Homeland, Downton Abbey, Awkward o Parenthood (que me han seguido gustando pese a no tener su mejor año) y novedades tan divertidas como Brooklyn Nine-Nine, Trophy Wife y Sleepy Hollow, básicamente porque no era plan de hacer un Top 25. Dicho esto, aquí están las series que mejor me lo han hecho pasar en 2013.



Ha sido un año de cambios para Leslie Knope, y no todos positivos. El buen humor constante de la protagonista de Parks and Recreation se ha puesto a prueba y Leslie ha salido adelante, como esperábamos de ella. A lo mejor no saca siempre carcajadas, pero la evolución de los personajes de esta comedia no tiene que envidiar nada a la de un drama, y en una temporada que tristemente puede ser la última, ver los cambios de sus vidas está resultando especialmente emocionante, sin que deje de haber momentazos cómicos, por supuesto.


Después de la primera temporada de esta serie de antologías, parecía imposible que Charlie Brooker nos sorprendiera más aún, pero las nuevas historias que nos ha contado en Black Mirror han vuelto a ser espeluznantes y emocionantes a partes iguales. Puede que el tercero cojeara un poco en comparación a lo demoledores que son los otros dos, pero el ingenio y el talento que hay detrás de esta serie es innegable, porque todo lo que se ve en ella es muy verosímil. La culpa no es de la tecnología, es de las posibilidades que nos da.

13. Breaking Bad

Aunque las andanzas de Walter White nunca me han fascinado tanto como a la mayoría, sí que Breaking Bad me parece una muy buena serie y sería de necios no reconocer que la última temporada, en la que la olla a presión ha estallado, no está entre lo mejor del año. Todos los episodios han tenido momentos que se quedarán grabados en nuestra retina para siempre; el viaje de los secundarios, especialmente el de Skyler y el de Jesse, ha sido muy coherente; y por primera vez hemos tenido la posibilidad de conectar con ciertos personajes, como Marie o Walter Jr., que siempre estaban de fondo pero parecían más instrumentos que otra cosa.

12. Mad Men

No habrá sido la mejor temporada de los publicistas de Sterling Cooper Draper Pryce, pero Mad Men sigue estando muy por encima de la media y esta temporada ha sido muy complaciente con el espectador. Por fin hemos visto a Peggy en su salsa, le han dado mucho tiempo en pantalla a Pete (para que el pobre siga sufriendo una desgracia tras otra) y la deriva de Megan Draper ha servido para redimir bastante a Betty (un personaje injustamente vilipendiado). Roger Sterling ha tenido un par de episodios dedicados a él en los que ha podido ser más que el alivio cómico que suele, Sally ha salido a empujones al mundo adulto y Joan ha brillado lo poco que los guiones le han dejado. Aunque a ratos no soporte a Don, las vidas del resto me siguen fascinado.


Muchas veces se habla de Tatiana Maslany como lo único que eleva Orphan Black gracias a sus múltiples registros que hacen que los clones parezcan interpretados por distintas actrices, pero se pasa por alto que es buena ciencia ficción. No solo se suceden los giros y los acontecimientos a tal velocidad que resulta imposible desengancharse, sino que tiene cabida la reflexión ética propia de estas historias y han sabido perfilar muy bien a los cuatro clones, con matices más allá del estereotipo que parecían ser al principio. Alison Hendrix es uno de los personajes del año.


No comparto en absoluto el backlash que ha sufrido New Girl este año. Después de una segunda temporada en la que la comedia se soltó del todo y en la que manejaron y resolvieron muy bien la tensión sexual no resuelta, el comienzo de la tercera fue un poco titubeante. Pero en las últimas semanas parece que por fin las aguas van volviendo a su cauce. Y aunque Schmidt esté un poco más insoportable que de costumbre, lo que hace no deja de ser muy propio del personaje. Eso sí, el entrenador sobra bastante de momento y a la larga puede ser un problema.

9. Masters of Sex

Una serie sobre la investigación de la sexualidad humana en Showtime podría haber sido lo más horrible que la televisión ha visto en años. Y sorprendentemente, el tratamiento del tema es muy elegante y lo más importante en la narración son las vidas de los personajes. Y ninguno de ellos sobra, porque Virginia y Masters son grandes personajes, pero también lo son Libby, Ethan y Margaret. De todas formas, quizá lo más sorprendente de Masters of Sex es lo entretenida que es: nunca episodios de una hora se hicieron tan cortos.


Sundance se presentó en sociedad con Top of the Lake, pero es Rectify su primera serie planteada a largo plazo, y no podía ser más prometedora. He dudado a la hora de colocarla tan alto porque con seis episodios puede ser pronto para juzgar, pero Rectify ha mostrado muchas facetas en tan poco tiempo. Su tempo lento no la convierte en aburrida gracias a unos personajes que te interesan tanto que podrías verlos jugar a las cartas sin mirar el reloj, y que convierten en familiar una situación que no nos puede resultar más ajena a la mayoría. Su fotografía y su banda sonora fácilmente entra entre lo mejor del año y su tono contemplativo no nos ha privado de algún cliffhanger que nos ha dejado con el culo torcido.


Linden y Holder han vuelto más centrados que nunca, libres ya del “lastre” de los Larsen. El caso de esta temporada ha estado mucho mejor llevado que el que abarcó las dos primeras. La relación entre ellos –que siempre ha sido lo más interesante– ha cobrado protagonismo, y además esta temporada tiene el que para mí es el mejor episodio dramático del año: “From Up Here” (3.11), con uno de los finales más desgarradores y crueles que he visto. Y no hay que olvidar que nos han presentado dos grandes personajes como son Bullet y Ray Seward, magníficamente interpretados por Peter Sarsgaard y Bex Taylor-Klaus. Menos mal que ha resucitado por segunda vez para tener un cierre digno.


Pocas mentes tan originales como Byan Fuller trabajan en televisión. Con un mismo tema central, la muerte, ha desarrollado a lo largo de su carrera varias series que poco tienen que ver entre sí en forma y estilo (y todas, sin excepción, han sido prematuramente canceladas). Hannibal es opresiva, perturbadora y juega con el espectador tanto como Hannibal Lecter juega con el resto de personajes. Tiene una dirección impecable que logra meternos en la cabeza de Will Graham, un delicioso humor negro y dos protagonistas que dan la talla. En sus trece episodios tenía muy claro lo que quería contar y la segunda temporada promete aún más.

5. Gravity Falls



La primera temporada de la nueva serie de Disney Channel empezó siendo “simplemente” muy simpática y muy divertida, con los one liners de Mabel como punto álgido de los episodios, pero conforme avanzaba, Gravity Falls ha ido construyendo una mitología muy rica y ha desarrollado una trama serializada tan bien llevada que sería la envidia de muchos dramas de ciencia ficción. Es impresionante lo cuidada que está su continuidad, que culimna en un cliffhanger al final que no puede dejarnos más ansiosos. Pero lo primordial es, como he dicho, lo divertidísima que es. Dadle una oportunidad, que no por ser una serie infantil tiene un humor estúpido.


Los chicos del McLarens se despiden después de nueve años acompañándonos, y lo hacen, como siempre, buscando ser lo más originales posible. Es cierto que la trama central de la temporada no me gusta demasiado, pero están jugando muy bien con las apariciones de la madre, con los flashbacks y con el orden narrativo para exprimir al máximo ese fin de semana sin que se haga cansino. Puede que la nostalgia influya en la posición en que está, pero despedirse de los cinco da mucha pena y es una de esas series que tengo que ver sí o sí el día después de que se emita. Y, por cierto, Lily se está saliendo este año.


Cinco temporadas y tan buena como el primer día. ¿Qué se puede decir de The Good Wife que no se haya dicho ya a estas alturas? Que aparte de ser brillante en todos los aspectos, es muy valiente poniéndolo todo patas arriba como lo ha hecho este año. El capítulo 100 y “Hitting the Fan” han sido tremendos, sí, pero es que el resto tampoco han tenido desperdicio. Y encima se las arreglan para seguir teniendo casos apasionantes semana tras semana (y para hacernos reír con su cinismo). ¿Qué más queremos? Otros 100 episodios.

2. Enlightened

Amy Jellicoe es un personaje que de primeras cae muy mal. Es verdad que ella trata de ser lo mejor persona posible, pero su torpeza social y el hecho de que sus motivaciones sean en parte fruto del egoísmo nos lo pone difícil. Sin embargo, Enlightened rápidamente va poniéndote de su lado (basta con conocer un poco su pasado) y en la segunda temporada tiene el acierto de darle un objetivo que casi cualquier espectador compartiría, convirtiéndola en una heroína cotidiana. Además, cada episodio en el que la serie salía de su mente era una joya que funcionaba por sí sola. Por desgracia, la veían cuatro gatos y para el recuerdo nos quedan dos breves y excelentes temporadas.


Phillip y Elizabeth se llevan un oro muy reñido. The Americans ha sido, para mí, la serie del año, porque hace un trabajo ejemplar en tres sentidos: retratando la incertidumbre social en un bando y otro durante la Guerra Fría, siendo emocionante cuando tenía que serlo y construyendo una relación muy compleja entre los dos protagonistas. Phillip y Elizabeth tienen demasiado a sus espaldas como para poder ser felices de la noche a la mañana. Keri Russell, Matthew Rhys y Noah Emmerich, cuyo personaje no se queda atrás en interés, se merecen todos los premios habidos y por haber, y ese equilibrio entre el thriller de espíonaje y el drama familiar pocas series lo manejan con tanto pulso.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Adolescentes "insoportables"


Un elemento clave para poder seguir una serie, al menos en mi caso, es poder identificarme con los personajes, y que los guiones me hagan creer que, en una situación parecida, acabaría actuando de la misma manera. Me pueden parecer cuestionables algunos comportamientos de Pete Campbell o Skyler White, pero teniendo en cuenta el contexto en el que se mueven y los palos recibidos, no puedo evitar pensar que podría llegar a sus extremos. De todo esto, lo sorprendente es que la audiencia sea capaz de ponerse de lado de personajes como Heisenberg o Don Draper pero no sea capaz de hacerlo en el lugar de un adolescente.

Dos series tan diferentes como Awkward y Homeland se podría decir que tienen a las dos adolescentes, en teoría, más insoportables de la televisión americana: Jenna Hamilton y Dana Brody. Ambas son egoístas y rara vez piensan en los demás, no suelen darse cuenta de que están actuando así y siempre tienen una buena excusa para reafirmarse en sus acciones; son quejicas, la mayor parte del metraje de sus respectivas series se lo pasan lloriqueando y en más de una ocasión lo único que nos apetece es darles una bofetada y que se callen.

En mi caso, reconozco que me pasa sobre todo con Jenna. La protagonista de Awkward nunca ha sido el personaje más simpático de la serie, y juega un papel muy poco ventajoso: narra en primera persona y en tono casi melodramático una de las comedias más ácidas de la televisión. Los personajes secundarios brillan por encima de ella (Sadie me provoca ella sola más carcajadas que el resto de comedias del momento), mientras que su voz en off nos atormenta constantemente con unos dramas que sólo son interesantes para ella misma.

Y Jenna Hamilton es un personaje coherente, con una evolución comprensible y cuyas acciones se pueden justificar casi siempre, incluso en este tramo de la serie en el que ella está absolutamente cegada y no tiene reparos en tratar con desprecio a todo el mundo. Puedo entender por qué ha llegado a ese punto, y nunca diré que es un mal personaje, pero eso no significa que me sienta cómodo viendo la serie desde su punto de vista (un punto de vista altivo y a ratos hipócrita con el que tenemos que empatizar). A veces pienso que Awkward sería una serie mucho mejor sin ella, pero si hemos llegado al punto en que tenemos una gran comedia con unos secundarios tan brillantes es porque nos está contando su historia. Sin Jenna, la comedia de MTV podría ser un caos que se fuera de madre a la primera de cambio.

Pero mientras a Jenna simplemente la comprendo y la tolero, Dana Brody me parece por su lado uno de los personajes más interesantes de Homeland. La serie ha llegado a un punto en el que la presencia de Brody me sobra, pero la subtrama protagonizada por su familia puede ser lo más positivo que está dando esta temporada. Sigo sufriendo con Carrie y Saul como el que más, pero sería de necios no reconocer que su trama (la principal) tiene elementos muy patilleros (el cajón de Carrie, ejem). En cambio, ver cómo afecta a una familia el enterarse de que uno de sus integrantes era un terrorista me parece algo muy interesante y muy poco manido.

Los Brody se han convertido en una lacra social y están pagando por los errores del sargento. Por eso, es perfectamente lógico que Dana actúe como lo hace después de que su vida entera se desmorone. Es verosímil que un amor adolescente sea uno de los pocos motivos que la aferran a la vida, por demencial que sea visto desde fuera, y también es perfectamente natural que tras sentir que la vida se ha cebado con ella vengan de la mano otros pensamientos y comportamientos caprichosos propios de la edad. Y, mientras que entiendo que a mucha gente esta trama le aburra (no es en absoluto mi caso), no me parece un defecto de Homeland ni algo que la serie esté llevando mal.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Comedias que sobreviven

Modern Family es la comedia que toda cadena querría tener. No sólo cosecha cada semana unas audiencias bestiales, sino que además no para de recoger premios año tras año. Por eso, desde que se estrenó (y hace ya cuatro años) las networks americanas han tratado por todos los medios de emular su fórmula, casi nunca con éxito. El público no parece demandar más comedias familiares fuera del bloque de los miércoles de la ABC (donde también está la discreta pero eficiente The Middle), y mientras series como Raising Hope luchan desesperadamente por sobrevivir, los éxitos que han venido después (New Girl, 2 Broke Girls, etc) no han sido sitcoms de corte familiar.

Sin embargo, no se ha notado nunca tanto como este año (al comprobar que el éxito de los Dunphy es perenne) la desesperación por imitarla. La programación se ha llenado de familias disfuncionales: además de la ya cancelada Welcome To The Family, sobre dos familias de mundos distintos unidas por un embarazo adolescente (los chistes eran tan originales como su premisa), en la noche de la NBC han aparecido Sean Saves The World, una comedia multicámara al estilo de los noventa en la que un homosexual divorciado debe hacerse cargo de su hija de 15 años, y The Michael J. Fox Show, que a pesar de estar centrada en un alter ego del carismático actor y hacer chistes sobre su Parkinson no deja de ser una sitcom familiar muy clásica. CBS y Fox han estrenado, respectivamente, Mom y Dads, que con olor a rancio se centran en la relación de hijos adultos con sus progenitores. En la propia ABC hemos podido ver The Goldbergs, que está ambientada en los 80 y por momentos parece estar también rodada en aquella época, y la casposa Back In The Game, en la que una madre soltera tiene que volver a vivir con su padre y acaba entrenando al equipo de béisbol de su hijo. Nada destacable en medio de esta avalancha. O nada si no fuera por Trophy Wife.


Trophy Wife fue muy mal recibida por la crítica gracias a un piloto que no acababa de hacer clic. La mayoría de bromas no funcionaban y se notaba que no es que los guionistas quisieran solamente presentar a los personajes, sino que intentaban ser graciosos y no les acababa de salir bien. Sin embargo, no es la primera vez que esto pasa en una comedia: yo no me reí con el piloto de Parks and Recreation y tampoco con el de Cougar Town (aunque lo intentaban) y a estas alturas son imprescindibles. Pasado esto por alto, Trophy Wife tenía dos virtudes: 1) está bien rodada, y es de las pocas novatas que parece de este siglo; 2) tiene un reparto con química capitaneado por Malin Ackerman, que está muy simpática, y con Bradley Whitford, Michaela Watkins y Marcia Gay Harden como secundarios de lujo.


Y, como los episodios se dejan ver, conforme avanza (ha emitido seis hasta la fecha) se le van viendo otras virtudes. Trophy Wife se centra en cómo una chica joven se casa con un hombre bastante mayor que ella y acaba teniendo que lidiar con tres hijastros y dos ex mujeres, y se agradece que sepan hacer comedia sin que ninguna de ellas sea odiosa. Las interacciones entre el reparto son muy naturales, y en su corta trayectoria ya ha dejado dos o tres escenas desternillantes, casi todas gracias a Diane (Gay Harden), la primera mujer de Pete, que de tan obsesiva y manipuladora sobrepasa a Bree Van de Kamp y roza la sociopatía. La forma que tiene de castigar a sus hijos o de conseguir que su ex marido haga lo que quiera brilla en una comedia que aún dista de ser perfecta pero cumple.



La otra sorpresa (no tan sorprendente) de la temporada viene de la mano de los creadores de Parks and Recreation. Tenía ganas de ver una comedia ambientada en una comisaría, y que encima tuviera a Michael Schur y Daniel J. Goor detrás de las cámaras convertía automáticamente a Brooklyn Nine-Nine en mi estreno más esperado de la temporada, aunque con cierta cautela viendo lo que Parks tardó en despegar. No me ha decepcionado, pues desde el piloto me hizo gracia, y aunque tiene algunos personajes que siguen el mismo arquetipo que otros de la serie de Leslie Knope, la mayoría son originales, empezando por el protagonista.

Andy Samberg, que de momento no satura pero puede que pronto lo haga, interpreta Jake Peralta, un detective eficaz en su trabajo pero con un comportamiento infantil en la oficina y un alto nivel de egocentrismo. Ni es torpe y altruísta como Leslie ni un incompetente como Michael Scott (es inevitable comparar Brooklyn 99 con The Office también). Sin embargo, si estos dos acababan siendo entrañables a pesar de sus defectos, puede que Peralta no logre esa conexión con el espectador y a largo plazo sea un problema. Mientras tanto, la robaescenas de la serie es Gina (interpretada por Chelsea Peretti, guionista de grandes episodios de Parks), una peculiar secretaria metomentodo, loca y a ratos bastante cruel que no tendrá placa pero puede ser mucho más badass que los mismos policías.


Así que, a fin de cuentas, ni tan mala ha sido la cosecha. Ninguna de estas dos comedias está haciendo audiencias demasiado buenas pero al menos las dos han recibido ya encargo de temporada completa. Eso sí, el año pasado por estas fechas destaqué Go On y Ben and Kate como las dos mejores comedias de estreno y a la vista está como acabaron. Esperemos que la situación no se repita.

martes, 29 de octubre de 2013

Cambiando los cimientos

Aparte de tener spoilers de The Good Wife, esta entrada comenta detalles del final de la tercera temporada de Mad Men.

En el final de la tercera temporada de Mad Men, los protagonistas de la serie decidieron adoptar una medida desesperada como respuesta a la grave situación que atravesaba su empresa actual, a punto de ser absorbida. Como consecuencia, surgió Sterling Cooper Draper Pryce, con unas oficinas más elegantes y llamativas, que servían para darle un aire fresco a la serie y hacerla al mismo tiempo más acorde a la nueva década en la que se adentraban. Dado que todos los personajes importantes de la serie se encontraban en el mismo bando, el paso que dieron no generó ningún un conflicto dramático. Sobre todo en una cultura tan emprendedora como la norteamericana, una decisión de este tipo es un martes, y en Mad Men acabó siendo la solución a un problema y no un problema en sí mismo para nadie.

Y voy a hacer una comparación injusta, porque con la misma situación las dos series pretendían cosas distintas, pero con su quinta temporada The Good Wife ha arriesgado más que el mismísimo Matthew Weiner. Más que ninguna serie en antena, en realidad (solo hace falta ver cómo en Homeland la relación entre Saul y Carrie es intocable). Porque la maniobra que el matrimonio King tiene entre manos, que ha estallado en este quinto episodio y que es un indudable punto de inflexión en la trayectoria de la serie, causa miedo y expectación. “Hitting The Fan” (5.05) ha sido un magistral episodio de televisión, y el adelanto que acompaña al final nos anticipa una temporada cargada de turbulencias que no puede resultar más apetecible. Pero, por otro lado, la relación entre algunos personajes parece haber quedado destrozada para siempre.

No es tan habitual que una serie de televisión destruya la cómoda estabilidad en la que se encuentra. La “traición” de Cary y Alicia no era necesaria y The Good Wife podría haber seguido siendo una muy buena serie sin renunciar (al menos a corto plazo) al tira y afloja entre Will y Alicia, a la relación de respeto mutuo de ésta con Diane, a los chupitos después del trabajo con Kalinda y, en definitiva, a las que han sido sus señas de identidad hasta ahora. Pero precisamente romper estas constantes es lo que la acerca aún más a la excelencia. De pronto, la serie se ha convertido en una guerra, y pierda quien pierda, nosotros ganamos (en emoción, en intensidad), pero también sufrimos. Por más que sepamos que no es justo que Will les acuse de robar clientes, no deja de ser cierto que no han jugado del todo limpio, y todos en su lugar pensaríamos que Alicia ha sido una desagradecida.

Pero ahí precisamente radica la grandeza de The Good Wife. No importa que para el espectador no sea agradable ver a Will y Diane discutir, o ver cómo Alicia es arrastrada fuera de las oficinas de Lockhart & Gardner, porque si el relato y la coherencia interna de los personajes así lo demanda, va a suceder. Y lo que es más importante, un trámite empresarial puede ser, según como se narre, eso, un mero trámite, o convertirse en una fuente de tensión dramática que acelera el pulso del espectador. En The Good Wife es lo segundo, por si alguien lo dudaba, y lograr ser trascendente sin resultar forzada ni parecer pretenciosa es tremendamente difícil. Que el cinismo imperante sirva para hacer humor y no para dotar a la serie de una atmósfera turbia (como pasa en House of Cards, por ejemplo) tiene buena parte del mérito.


En resumen, que los King escriben con pluma de oro. Las series sufren un inevitable desgaste con el paso de los años, y llevo cinco años temiendo que The Good Wife llegue a ese punto, ese momento en el que no roce la perfección por los pelos cada semana. Nunca pasa. Y por lo visto en el avance, no va a pasar a corto plazo. Así que me quito el imaginary hat mientras espero ansioso al lunes que viene. Y que los cimientos nuevos que están construyendo sostengan muchos lunes más. Bravo otra vez.

jueves, 22 de agosto de 2013

Puesta al día

Este verano me he prodigado muy poco por el blog. Podría poner la excusa de que en la temporada estival se emiten menos series y me falta contenido sobre el que escribir, pero estaría mintiendo, porque a pesar de las altas temperaturas no he dejado de consumir televisión. Me falta poco para terminar ‘Enlightened’, y al mismo tiempo estoy con la segunda temporada de ‘Veep’, he empezado ‘Justified’ desde el principio (la mejor decisión del verano) y sigo con ‘Raising Hope’ a mi ritmo. Pero, a parte de estas, también he estado poniéndome al día con algunos de los estrenos de la temporada de los que no he llegado a hablar aquí.


Sabía que caería en cuanto se anunció en los Upfronts del año pasado, porque nunca digo no a algo musical, y menos si está protagonizado por Connie Britton. Cuando se convirtió en el estreno de las network que mejor hablaban los críticos, se confirmó como una cita ineludible. Pero está claro que se agarraron a un clavo ardiendo, porque ‘Nashville’ es muchas cosas, pero desde luego no es imprescindible. Su creadora, Callie Khouri, ganó en su momento el Oscar por el guión de “Thelma y Louise”, está casada con todo un referente en el mundo del country, T. Bone Burnett, y nos prometía un relato de la meca de este género musical. Sin embargo, por más que traten de disimularlo con tramas políticas que no van a ninguna parte, ‘Nashville’ es principalmente una soap opera.

Esto no tiene por qué ser malo, pero el duelo entre la diosa consagrada del country y la estrella emergente (Hayden Panettiere) no funciona tan bien como, por ejemplo, los careos entre Madeleine Stowe y Emily VanCamp en ‘Revenge’. En primer lugar, porque Britton, que interpreta a la artista respetada, no sabe cantar e interpretativamente tampoco rinde al 100% como sí lo hacía en ‘Friday Night Lights’. La estrella de la serie es Hayden, que es muy consciente de que esto es un culebrón y ha encarnado a uno de los personajes más divertidos del año. De hecho, ‘Nashville’ parece un plan de Panettiere para rodearse de gente que canta y actúa peor que ella para así destacar, porque los secundarios son en su mayoría bastante endebles y cualquier trama que no involucre a las dos protagonistas es bastante aburrida. Scarlett y Gunnar, a los que nos venden como auténticas promesas, no cantan tan bien como quieren hacernos creer, y tienen el carisma de un zapato viejo.

Pero a pesar de lo difícil que es pasar por el aro muchas veces, ‘Nashville’ es una serie muy entretenida en la que siempre están pasando cosas. La Nashville que nos presenta y el funcionamiento de su industria musical son muy creíbles –influye también que se rueda allí–. Ojalá de cara al segundo año pulan un poco más los guiones (muchas veces irrisorios), las hijas de Rayna canten más a menudo (su versión del “Ho Hey” de Lumineers es un momentazo) y, sobre todo, ojalá la nominación al Emmy de Connie Britton sirva para que ella se encuentre más a gusto y rinda como al principio. (Nota: 6)



‘Bates Motel’ prometía casi tanto como ‘Nashville’, sobre todo porque es una precuela de “Psicosis”. Se suponía que la apuesta más fuerte hasta ahora del canal A&E nos iba a mostrar la adolescencia de Norman Bates, su turbia relación con su madre y todos los factores que lo llevaron a convertirse en el psicópata que Alfred Hitchcock llevó al cine. Mucho ruido y muy pocas nueces, la verdad.

Y no será porque Freddie Highmore y, sobre todo, Vera Farmiga, no estén impecables dando vida a los Bates. El primero consigue elevar el guión siendo francamente inquietante cuando se lo propone y dejándonos claro, incluso cuando se comporta de manera normal, que Norman no está bien de la cabeza. Farmiga, por su lado, brilla en casi cualquier registro. En el piloto nos demostró que podía ser tan turbia como su hijo (o más), pero con el paso de los episodios Norma Bates ha dejado de darnos miedo para convertirse en una histérica entrañable. De creadora de un monstruo a una mujer desesperada que no desentonaría en Wisteria Lane. Y aun así ella clava el personaje y consigue que nos creamos que la Norma que le confiesa a su hijo un oscuro y traumático secreto del pasado es la misma que se vuelve loca al ver que sus huéspedes fuman marihuana en el porche de su motel o se arrea a bolsazos con el primero que le cruza los cables.

‘Bates Motel’ no es interesante ni profunda ni intelectual, pero es extrañamente divertida aun siendo fallida. O en realidad nunca aspiró a demasiado y simplemente quería ser entretenida, porque sus productores ya nos han adelantado que la serie obviamente acabará mal, pero el camino va a ser muy divertido. (Nota: 5,5)


La gran apuesta del año de Sundance Channel era ‘Top of the Lake’. Es la que ha triunfado en los Emmy y de la que más se ha hablado. Pero a finales de curso estrenó también ‘Rectify’, que no es miniserie sino que está planteada a largo plazo y que, de momento, nos ha contado la primera semana en libertad de Daniel Holden (Aden Young), que tras la invalidez de unas pruebas sale del corredor de la muerte después de 20 años y vuelve a su pueblo natal.

Con solo seis episodios emitidos es pronto para juzgar, pero ‘Rectify’, al contrario que las anteriores, es una serie lenta y al mismo tiempo muy interesante. No solo transmite perfectamente la sensación de Holden de sentirse un extraño ahí fuera, sino que nos presentan al resto de su familia, un conjunto de personajes muy bien definidos pese a lo poco que hemos visto de ellos todavía y de entre los que destacan Amantha, una hermana que busca desesperadamente conectar con Daniel y sacarlo de su burbuja, y Tawney, su cuñada, anulada por su marido y muy religiosa, que se convertirá en la principal influencia del protagonista.

Los actores están todos geniales (aparte de Young, destacan Abigail Spencer, Adelaide Clemens y Clayne Crawford) y además ‘Rectify’ presenta el pueblo natal de Daniel y transmite una verosímil sensación de comunidad, de pueblo sureño cerrado en el que todo el mundo se conoce, algo que ‘Bates Motel’ no consigue con White Pine Bay a pesar de tener más episodios. (Nota: 8)


‘Orphan Black’ podría ser la serie de ciencia ficción más cutre estrenada en años, una ‘Ringer’ con clones, y no lo es. Ni por asomo. Al contrario, es ciencia ficción de la buena. La segunda producción de BBC America se adentra en un universo con tantas posibilidades como el de la clonación y pone en el punto de mira a Sarah, una chica que un día ve cómo otra chica idéntica a ella se suicida y decide suplantar su identidad.

La principal virtud de la serie, y la que más se ha hablado, radica en su protagonista. Tatiana Maslany interpreta a tres personajes (en realidad son siete, pero son tres las que aparecen continuamente y llevan el peso de la trama) y es capaz de darles vida propia y distinguirlos entre sí de manera muy clara. Pero no es su única virtud, porque ‘Orphan Black’ tiene además un ritmo frenético, con infinidad de giros muy bien justificados y que no resultan patilleros en ningún momento.

El tono de la serie oscila continuamente entre el thriller y la comedia de enredo. Sin grandes pretensiones funciona a la perfección y consigue implicar al espectador con la agonía de las clones porque en su huida hacia adelante tiene tiempo de contarnos cómo es su día a día. Y Alison es sin duda uno de los personajes revelación de la temporada. (Nota: 7,5)

martes, 23 de julio de 2013

La ambición de House of cards

La ejecución de House of cards, la serie con la que Netflix se ha abierto paso en el terreno de la producción propia a lo grande (9 nominaciones a los Emmy dejan claro que la industria aplaude la iniciativa), ha sido calculada al milímetro, casi tanto como el plan de Frank Underwood para vengarse del presidente de los Estados Unidos por haberle arrebatado el cargo que le prometió en campaña electoral, la Secretaría de Estado. Protagonizada por Kevin Spacey y Robin Wright —que está bastante mejor que él, todo sea dicho— y producida por David Fincher, que también dirigió los dos primeros episodios, se trataba de una apuesta prácticamente infalible.

Y, aunque no es oro todo lo que reluce, House of cards reluce que da gusto. Se nota la mano de David Fincher, que si bien no experimenta demasiado con la puesta en escena porque seguramente considera que la televisión está muy por debajo de sus estándares, despliega una realización ambiciosa, oscura, elegante y abrumadora aunque muy poco arriesgada. Puede que la serie no tenga la mejor dirección del año (porque existen Hannibal y The Killing), pero destaca por encima de la media y el sello de identidad de Fincher se mantiene a lo largo de toda la temporada.

De todos los naipes con los que el congresista construye su castillo, destacan dos especialmente por su personalidad, aunque los actores están en general bastante bien. Spacey y Wright eran apuestas seguras, pero es Corey Stoll en el papel de Peter Russo quien más brilla, sobre todo porque se trata del personaje con más fisuras y conflictos internos. Mientras el resto de personajes de House of cards tienen muy claros sus propósitos y hasta dónde están dispuestos a llegar para conseguirlos, Russo está perdido y lleno de debilidades, lo que siempre permite empatizar más con él. La trama periodística encabezada por Zoe Barnes (Kate Mara) es otra de las vertientes más interesantes de la historia, y todavía no tengo claro si lo que mueve a Zoe es la búsqueda de la verdad, como tantas veces clama a lo largo de la temporada, o simplemente busca reconocimiento e influencia.

El resto de personajes, con sus breves y ocasionales atisbos de humanidad, se comportan como robots, empezando por el matrimonio protagonista. Pese a lo convencidos que están de quererse el uno al otro, su relación parece más una conveniente asociación de beneficio mutuo, y uno de los puntos a favor de la serie creada por Beau Willimon (Los idus de marzo) con respecto a otras ficciones protagonizadas por antihéroes es que la mujer del protagonista no es una amargada que tiene que soportar los caprichos y maquinaciones de su marido, sino que lo acepta tal como es (al menos la parte que conoce) y lo aprovecha en su propio beneficio.

Sin embargo, he tenido mis problemas con la serie, empezando por lo difícil que me resulta conectar con el plan de Frank Underwood. Entiendo lo que le mueve a actuar —después de todo, le han dejado en la estacada— pero sus métodos son tan poco ortodoxos y es tan obvio que la necesidad de poder le corroe que no puedo implicarme con la trama principal de la serie. Porque House of cards confunde intentar ser realista con la necesidad constante de demostrar que los personajes son muy turbios. Desde luego, me creo más esta visión que la de El ala oeste, pues estoy seguro de que los intereses personales mueven más en un gobierno que la búsqueda del bien común, pero semejante nido de ratas me acaba pareciendo forzado y excesivo. Además, el éxito de Underwood se basa muchas veces en lo estúpido que es el presidente; algunas de sus manipulaciones son de patio de colegio y cuesta pasar por el aro.

Aun así, hay que alabar de House of cards el buen ritmo que tiene. Pese a que la trama se va desarrollando poco a poco, en todas las escenas ocurre algo y todas sirven a un propósito (algo que por otra parte le resta naturalidad) y la ruptura de la cuarta pared de Kevin Spacey en busca de complicidad queda bien. Además, no es un recurso barato que se utilice para contarnos más de lo necesario: el estado de ánimo de Frank se nos revela a través de la interpretación de Spacey, y las confesiones a cámara se limitan simplemente a explicarnos el escenario donde se mueve.

Por tanto, no me atrevería a decir que House of cards no es buena porque sí lo es, aunque debería ser más orgánica y menos intensa para que me gustase del todo. A Netflix le ha salido bien la apuesta, y aunque lo entiendo, me molesta que puestos a colar una novedad entre las nominadas a mejor drama, los Emmy se hayan quedado con esta en lugar de fijarse en Hannibal o The Americans. Raro será que, como mínimo, Fincher no se lleve una estatuilla a su casa.

viernes, 12 de julio de 2013

Esta tarta huele a muerto

Para pasar a la historia de la televisión, resulta casi imprescindible ser un drama crudo y realista y haber durado varias temporadas. Emitirse en HBO ayuda, y por eso A dos metros bajo tierra, Los Soprano y The Wire han alcanzado el estatus que ostentan hoy en día. Sin embargo, cuando eres una comedia, un procedimental, te emites en una network como ABC y presentas un universo aparentemente naif y pretendidamente empalagoso, el reconocimiento requiere un esfuerzo mayor. Por eso Criando malvas (Pushing daisies) no está en boca de todo el mundo cuando toca hablar de grandes de la televisión, pero sin duda ha conseguido una legión de admiradores que sí permiten calificarla como un título de culto. Como casi todo lo que hace Bryan Fuller, que lo va a tener muy difícil para que Hannibal le dure más de las dos temporadas que le duró ésta.

Sin embargo, la serie protagonizada por Lee Pace tiene reminiscencias de títulos cinematográficos que sí despiertan un amor consensuado, como Big Fish o Amélie. Su problema es que es una obra incompleta por culpa del hacha de la cancelación. Tiene un final precipitado y metido con calzador, que si bien es un detalle por parte de los guionistas para con los espectadores, no deja de ser frustrante. Muchas tramas abiertas para un episodio de 40 minutos que casi no se disfruta al ver que el tiempo se les echa encima. Pero Criando malvas (uno de los títulos mejor traducidos al español de la televisión reciente) es, a pesar de su prematuro cierre, genial a distintos niveles.

Ambientada en la ficticia Coeur d'Coeurs, recrea un universo increíblemente rico y colorido, en el que tienen cabida todo tipo de personajes, a cada cual más pintoresco. Pocas series han cuidado tanto el aspecto visual como Criando malvas, en la que unos cromas que no eran mucho mejores que los de Once upon a time (lo más parecido a esta serie que tiene ahora mismo ABC en su parrilla, aunque compararlas sea insultante), molestaban menos de la mitad. Los escenarios en los que transcurre la historia son plásticos e improbables, lo que les imprime mucha más personalidad. Mataríamos por dar una vuelta por el Pie Hole, visitar el faro, el despacho de Emerson Code y probar el menú del restaurante chino de abajo.

Pero la estética no era, ni mucho menos, el único aspecto destacable de Criando malvas. Cuando digo que la serie era aparentemente naif, lo digo sobre todo por la frivolidad con la que abordaba el tema de la muerte. Ningún padre tendría ningún reparo en dejar que su hijo viese esta serie de Fuller, pues narra la historia de un pastelero que puede revivir a los muertos solo durante un minuto —si los mantiene vivos más tiempo alguien tendrá que morir en su lugar— y que un día saca de la tumba a su amor de la infancia, a la que no puede tocar porque al hacerlo volvería a matarla. No hay relación más casta y pura, más cursi y apta para todos los públicos. Y, sin embargo, el humor negro es marca de la casa: los comentarios sarcásticos de Emerson Cod, la mala leche de la que hace gala una acertadísima voz en off que no satura y el nihilismo que desprenden muchas tramas aportan el toque de acidez necesario para que tanta tarta no se atragante. Al fin y al cabo, no deja de resultar gracioso que tiendas de chucherías, circos, piscinas de natación sincronizada o brillantes faros sean el escenario de muertes que a veces son bastante macabras.

A los actores no se les puede poner ninguna pega. Recitan los diálogos a una velocidad digna de Sorkin (o de Scandal), y son perfectos para sus personajes. Las miradas de Lee Pace y Anna Friel contribuyen a transmitir esa falsa inocencia que en un principio nos quieren vender, como también lo hace la verdadera estrella de la serie, Kristin Chenoweth. Su personaje, Olive Snook, condenada a ser la tercera en discordia, no tiene problema en arrancarse a cantar cuando uno menos se lo espera, como recién escapada de un musical. El hecho de que se comporte como un ser humano normal hace que a la hora de la verdad el espectador le coja especial simpatía. Ella y Emerson (Chi McBride), ideados como alivios cómicos, son un oasis en medio de la tragedia griega (sobre el papel) de los protagonistas, que tampoco es especialmente dramática y por eso no se hace pesada. Es imposible cuando el hecho de que no puedan tocarse ha servido de excusa para conocer este universo —insisto, el tapiz de escenarios y personajes recurrentes que se teje en dos temporadas es alucinante— y ellos dos son tan entrañables.

Porque Criando malvas, con su relato de la soledad (poco he dicho de las magníficas tías de Olive), su apología del amor bajo cualquier circunstancia y su exaltación de la amistad (qué química tenía el reparto y qué bien funcionaban todos combinados de cualquier forma) es pura magia, y se disfruta plenamente, muerte tras muerte.

lunes, 24 de junio de 2013

Las maquinaciones de Hannibal


Me gusta que Hannibal exista no sólo por lo mucho que la disfruto, sino también porque demuestra un par de cosas. La primera, que dentro de las limitaciones de las networks se pueden seguir haciendo series de calidad que no sólo apuesten por la complejidad y la calidad, sino que además la compaginen con puro entretenimiento. La segunda, que NBC es una network que todos los años lanza un producto que cumple lo anterior, aunque muchas veces —Kings, Awake— no le salga demasiado bien. Su enorme debacle en audiencias es motivo de burla constante en Twitter, pero pocos le reconocen que sus comedias, por ejemplo, son de lo mejor de la parrilla norteamericana.

Y Hannibal, con sólo una temporada, ya se ha convertido en la mejor en varios aspectos: es la mejor dirigida, tiene la mejor fotografía (con perdón de Rectify), el mejor uso de la música y la atmósfera mejor conseguida. Pero no sólo son técnicas sus virtudes: es retorcida como pocas, sus toques de humor negro son muy divertidos y las interpretaciones de Hugh Dancy (que transmite perfectamente la fragilidad de Will Graham desde el minuto uno) y Mads Mikkelsen (al que su físico le viene como anillo al dedo para interpretar al doctor Lecter) son soberbias.

Tardó muy poco en pulirse, y en estos trece episodios hemos asistido a un juego psicológico y de identidades ocultas en el que Hannibal engañaba a todos y cada uno de los personajes de la serie, pero también a nosotros. Como espectadores conscientes de que los banquetes del doctor Lecter están hechos de carne humana, creíamos ir un paso por delante de Jack Crawford —un odioso Laurence Fishburne— y Alana Bloom —un personaje del que no habría estado mal saber un poco más. Sin embargo, en los dos últimos episodios descubrimos que Hannibal ha estado jugando con nosotros. La season finale destapa las cartas que quedaban boca abajo mientras el espectador no para de pensar “¡qué hijo de puta!” y se lamenta impotente al ver que falta un año para saber cómo va a continuar esto.

No está exenta de fallos, de todos modos. Hay episodios de Hannibal que carecen de ritmo. Los casos procedimentales, que deben servir para que el espectador tenga una sensación de avance aunque la trama siga cociéndose lentamente (FringeJustified, Elementary The good wife serían buenos ejemplos), en Hannibal estorban. A lo largo de la primera temporada, sólo han sido verdaderamente interesantes tres: el farmacéutico que cultivaba champiñones, Molly Shannon como una espeluznante “madre adoptiva” y el fabricante de violines. Los demás, más allá de la impresión que puedan causar al principio (ese tótem humano) o de los auto-homenajes de Bryan Fuller (Tan muertos como yo) no aportaban mucho, y más que nada dejaban en evidencia la “empatía” de Will, prácticamente un superpoder que desentona en una serie que el resto del tiempo es realista.

Entre los secundarios, el equipo de forenses no pinta nada (el personaje de Hettiene Park parece que va a ser relevante pero nunca pasa de las tres frases por capítulo), pero otros (otras, en realidad) mucho menos presentes tienen más, valga la redundancia, presencia y entidad. Pienso, por ejemplo, en la elegante psicóloga de Lecter a la que interpreta Gillian Anderson (que probablemente grabó todas sus escenas en una tarde que tenía libre y no volvió por allí) o en la genial Freddie Lounds (está hecha para que la odiemos, pero no puedo ser más fan de sus maquinaciones). Aunque la estrella de la serie, con perdón de los protagonistas, ha sido Abigail Hobbs: Kacey Rohl ha conseguido resultar perturbadora y que al mismo tiempo queramos abrazarla y decirle que todo va a salir bien, algo que no resulta nada fácil.

Hannibal, con sus fallos, ha tenido una primera temporada más que notable, con unos personajes interesantes, una atmósfera opresiva que no llegaba a atosigar gracias a los toques de humor negro del guión y un cierre perfecto, que da sentido al camino recorrido.

lunes, 10 de junio de 2013

Por qué me gusta The killing

Homeland es un remake de la serie israelí Hatufim. Éste es un dato que el mundo convenientemente ignora –y es normal, que yo soy el primero al que ponerse a ver la original le da una pereza tremenda–. Todos le atribuímos a la serie de Showtime virtudes que puede que no sean suyas: el enfoque tan poco maniqueo que tiene (bajo nuestro punto de vista, que también hay quien la tacha de anti-islámica) bien puede ser fruto de la nacionalidad de su referente, y no sabemos si la fascinante y perturbada personalidad de Carrie Mathison es una mera réplica de la de la protagonista israelí. Quiero decir, en definitiva, que las opiniones sobre Homeland no se desechan si quien las expresa no ha visto Hatufim, igual que cualquiera tiene derecho a criticar The walking dead aunque no haya leído los comics. Sin embargo, Forbrydelsen, la ficción danesa en la que The killing se basa, fue tal éxito en el Reino Unido que opinar sobre esta última sin haber visto la original parece estar prohibido. Por tanto, aviso de que voy a hacerlo para que quien quiera deje de leer ya.

The killing estrenó su tercera temporada tras una milagrosa resurrección la semana pasada, pero no voy comentar el arranque en este artículo, sino que voy a aprovechar que me preparé a conciencia para este regreso viéndome las dos primeras temporadas del tirón para explicar por qué The killing me gusta.

Soy consciente de que la serie tiene fallos, pero no tengo ganas de comentar aquí sus giros de guión cogidos con pinzas y sus tramas secundarias que parecen no ir a ninguna parte. Puede que haber visto las dos primeras temporadas semanalmente resulte mucho más frustrante que hacerlo del tirón (el sufrimiento de Mitch Larsen por la muerte de su hija es muy lógico puesto que sólo se cuentan los 25 días posteriores a la aparición del cadáver). Sea como sea, en este caso pesan para mí mucho más las virtudes que los fallos.

En primer lugar, hay que admirar la dirección de The killing. La Seattle húmeda y oscura que nos presenta ha sido tachada de deprimente, pero yo siempre he sido más de nubes que de claros, por lo que lo único que conseguía esa atmósfera tan elaborada era atraerme aún más, como el que ve caer la lluvia tras la ventana con la comodidad que proporcionan un techo y una manta. The killing forma parte de ese reducido grupo de series actuales que juegan con la puesta en escena y la utilizan para dar matices a la historia. Downton Abbey, Mad men o Homeland están muy bien dirigidas, pero la mayor parte del tiempo los planos y la iluminación son convencionales y meramente instrumentales. Son pocas las series de televisión (Rectify, Hannibal, Breaking bad) que de verdad se esfuerzan en presentar una factura visual distintiva, y The killing es una de ellas.

Otro de los aspectos loables de la serie de Veena Sud es el empeño que pone en que los personajes implicados en las tramas tengan un trasfondo. Dado que Linden y Holder funcionan tan bien juntos –algo que comentaré después–, no era necesario en las dos primeras temporadas que los trabajadores de la campaña política de Darren Richmond tuvieran historias personales; por su lado, la familia de Rosie Larsen podía haber sido mucho más secundaria, ejerciendo únicamente presión. Sin embargo, como ya hiciera la española Desaparecida, la “hija fea” de AMC prefiere hacer un retrato del dolor de la familia, lo que para mí fue uno de sus puntos fuertes –Michelle Forbes no desaprovechó ni una sola escena y yo no olvidaré nunca la última escena de los Larsen. Es cierto que la vertiente política funcionaba mucho peor, pero también me fue ganando progresivamente.

Y, por supuesto, The killing tiene a Mireille Enos inerpretando a Sarah Linden. Linden es la ruptura definitiva con los prototipos femeninos en la ficción. Ante las amas de casa perfectas (Bree en Mujeres desesperadas), las mujeres trabajadoras que anteponen su familia a todo (Alicia en The good wife) y las que son un desastre en su vida personal pero infalibles en su puesto de trabajo (Carrie en Homeland, Olivia en Fringe), llega The killing para presentarnos a una mujer que es un desastre en todos los aspectos de su vida. La obsesión malsana de Linden con ciertos casos no sólo la lleva a convertirse en la peor madre imaginable, sino que también le hace perder por completo la perspectiva, poniéndose a ella y a su compañero en peligro en varias ocasiones y llevándola a obcecarse con falsos culpables. Es más, cuando Linden busca respuestas desesperadamente también se olvida de ser educada y simpática (rompiendo así con otro tópico, el de las mujeres torpes pero monas y simpáticas que vemos en The newsroom).

Y esa figura llena de defectos transmite al mismo tiempo una firmeza pocas veces vista en un personaje tan frágil. Mireille Enos, que cuida al detalle su interpretación (estoy enamorado de la forma en que Linden sujeta los cigarros), logra encarnar esa dualidad y que su personaje sea querible. Con el paso de los episodios se nos va desvelando el origen de los problemas de ésta con las investigaciones, algo de lo que parece que sabremos mucho más esta temporada y en lo que yo tengo especial interés.

Stephen Holder, por su lado, es el contrapunto perfecto. El detective interpretado por Joel Kinnaman sabe ver lo bueno que hay en Linden antes incluso de que lo haga el espectador, se abstiene de juzgarla la mayor parte del tiempo y su mente fría sirve de ancla para que Sarah no navegue definitivamente a la deriva. Al mismo tiempo, el referente de ésta es clave a la hora de entender el tipo de detective en el que se convierte Holder. La relación de los dos es uno de los puntos fuertes de la serie, y uno de los pocos a los que no se le puede poner ninguna queja.



El problema es que The killing no ha sido nunca un thriller, o al menos no un buen thriller (carece de ritmo), y nos la vendieron como tal. Eso sí, como drama hay mucho petróleo que sacar todavía de ahí. La tercera temporada apunta alto, y todavía no es tarde para subirse al carro. De nuevo, la trama vuelve a dividirse en tres afluentes: Linden, Holder y la investigación por un lado; unos jóvenes indigentes del entorno de la víctima por otro; y un condenado a muerte que ya sabemos que es inocente pero que no actúa como tal. Es decir, que Sud no ha hecho mucho caso a los críticos y va a seguir haciendo la serie que le da la gana. ¿Es eso malo? Para mí no.